O: lo que le ocurrió a un hombre en un banco de Londres a las tres de la madrugada, y por qué eso importa.
Antes de hablar del libro, conviene hablar del hombre, porque la historia de Eckhart Tolle es una de esas historias que o te parece una epifanía genuina o te parece una anécdota bien construida para vender libros de autoayuda, y la honestidad exige reconocer que ambas interpretaciones son posibles, y que lo interesante no es cuál de las dos es correcta sino qué hay dentro del libro independientemente de cómo llegó a escribirse.
Tolle nació en Alemania en 1948, vivió una infancia difícil, estudió en Cambridge, y a los veintinueve años, en el punto más bajo de una depresión que llevaba años agravándose, tuvo una experiencia en mitad de la noche que describe así: estaba tumbado en la oscuridad, aterrorizado por la idea de tener que seguir viviendo consigo mismo, y de repente algo se disolvió. El pensamiento "no puedo vivir conmigo mismo" produjo una pregunta que antes no había aparecido: ¿quién es ese "yo" que no puede vivir con "sí mismo"? ¿No son dos? ¿Hay uno que observa y otro que sufre? Y en el espacio abierto por esa pregunta, algo se calmó de una manera que no había experimentado antes.
No voy a verificar si eso ocurrió exactamente así, ni si lo que describe es lo que los tradiciones contemplativas llaman iluminación o algo bastante más modesto, porque esa verificación no cambia lo que el libro dice, y lo que el libro dice merece atención independientemente de la biografía del autor.
Vamos por partes -dijo Zoltán Szabó.
--La mente como obstáculo--
El argumento central de "El Poder del Ahora" arranca de una observación que cualquiera que haya meditado cinco minutos reconocerá de inmediato: la mente humana no puede quedarse quieta. Produce pensamientos de manera incesante, salta del pasado al futuro, del recuerdo a la preocupación, del plan a la culpa, y en ese movimiento constante la experiencia del momento presente — lo único que existe de verdad — queda prácticamente inaccesible.
Tolle llama a esto la mente-ego. No usa el término en el sentido freudiano ni exactamente en el sentido budista, sino en un sentido más descriptivo y más inmediato: la mente-ego es la voz en la cabeza, el comentarista interno que no para de hablar, que evalúa, juzga, compara, teme, desea y cuenta la historia de quién eres y qué te está pasando. Esa voz no eres tú. Es una actividad que ocurre en ti, como la digestión o la circulación de la sangre, pero que tiene la peculiaridad de presentarse como si fuera la totalidad de lo que eres.
El problema, dice Tolle, es que hemos confundido esa voz con nosotros mismos, y esa confusión produce una separación ficticia entre el yo que piensa y el mundo que ese yo piensa. Nos quedamos atrapados en el mapa mental de la realidad y perdemos el contacto con la realidad misma, que siempre ocurre en el presente y solo en el presente.
--El pasado y el futuro como ficción psicológica--
Aquí Tolle hace una afirmación que parece provocadora y que, bien entendida, no lo es en absoluto: el pasado y el futuro no existen. Solo existe el ahora.
Eso no es nihilismo temporal. No está diciendo que lo que ocurrió ayer no ocurrió, ni que mañana no llegará. Está diciendo algo más preciso: el pasado solo existe como pensamiento en el momento presente, y el futuro solo existe como pensamiento en el momento presente. La única experiencia real, la única que ocurre de verdad, es siempre ahora.
Y sin embargo, dice, la mente-ego vive casi exclusivamente en esos dos tiempos imaginarios, rumiando el pasado con culpa, nostalgia o resentimiento, o proyectando el futuro con ansiedad, esperanza o miedo. Y mientras hace eso, el presente — lo único real — pasa sin ser habitado.
Esa es la fuente principal de sufrimiento que Tolle identifica, no el sufrimiento que produce el dolor inevitable de la vida, sino el sufrimiento adicional que la mente genera resistiéndose a lo que es, juzgando lo que fue, o temiendo lo que podría ser.
--El cuerpo del dolor--
Uno de los conceptos más originales — y más discutidos — del libro es lo que Tolle llama el pain-body, el cuerpo del dolor. La idea es esta: el sufrimiento emocional no resuelto no desaparece simplemente porque dejemos de pensar en él conscientemente, sino que se acumula en el cuerpo como una especie de campo energético de emociones negativas, que tiene su propia dinámica y su propio ciclo, que se activa en situaciones de estrés o conflicto y que alimenta la mente-ego con interpretaciones negativas de la realidad para seguir existiendo.
El cuerpo del dolor no quiere sanar, quiere sobrevivir, y para sobrevivir necesita más dolor, más conflicto, más drama, y por eso hay personas que de manera inconsciente buscan situaciones que confirman sus sufrimientos, que se repiten en los mismos patrones de relación, que encuentran el conflicto donde otros encuentran calma.
Reconocer el cuerpo del dolor — nombrarlo, observarlo sin identificarse con él — es el primer paso para disolverlo, porque la conciencia, dice Tolle, es el mayor disolvente que existe. Cuando observas el cuerpo del dolor en lugar de ser el cuerpo del dolor, algo cambia en la relación que tienes con él.
Esto, dicho así, puede sonar demasiado simple, y en cierta medida lo es, porque Tolle no es un psicólogo clínico y El Poder del Ahora no es un manual de psicoterapia. Pero la observación de fondo — que las emociones no procesadas se somatizan y crean patrones de reactividad automática — es algo que la psicología contemporánea, y en particular la psicología somática, confirma desde otro ángulo con bastante consistencia.
--La presencia como práctica--
La propuesta de Tolle no es intelectual sino práctica, y ese es quizás su mayor mérito: no pide que el lector adopte una filosofía sino que haga algo concreto en este momento.
Ese algo concreto es prestar atención. No a los pensamientos — no quiere decir que te quedes mirando los pensamientos como si fueran objetos interesantes — sino a la experiencia directa del momento presente: las sensaciones del cuerpo, el contacto de los pies con el suelo, el sonido del ambiente, la respiración que entra y sale. Anclar la conciencia en la experiencia sensorial inmediata interrumpe el ciclo de la mente-ego porque la mente-ego opera en el tiempo conceptual, en el pasado y el futuro, y la experiencia sensorial ocurre siempre y solo en el presente.
A esto Tolle lo llama presencia, o conciencia presencial, y dice que en ella — no como estado especial de meditación sino como manera de relacionarse con la experiencia ordinaria — hay algo que es paz, que es silencio, que es lo que queda cuando la mente para su actividad compulsiva.
Eso no es tan diferente de lo que el Zen llama presencia en el momento, o de lo que Kabat-Zinn construyó en el MBSR, o de lo que el Buda describió cuando habló de sati, la atención plena. Tolle lo presenta en un lenguaje más occidental, más accesible, más libre de vocabulario técnico budista, y eso es exactamente lo que lo hizo llegar a veinte millones de lectores que probablemente nunca habrían abierto el Shōbōgenzō.
--Las críticas que hay que hacer--
Sería deshonesto no hacerlas.
El Poder del Ahora tiene problemas. El mayor es que Tolle tiende a presentar como simple algo que no lo es, y a veces esa simplificación resulta superficial para alguien que viene de una tradición contemplativa seria. La idea de que "basta con observar el pensamiento para liberarse de él" es verdadera en el nivel en que lo es, pero cualquiera que haya practicado meditación con constancia sabe que esa observación requiere un entrenamiento sostenido que el libro no desarrolla suficientemente.
El segundo problema es el estilo. Tolle escribe en un formato de preguntas y respuestas que puede resultar repetitivo y que en ocasiones tiene un tono de certeza que roza la arrogancia espiritual — ese tono de quien ha llegado y habla desde la otra orilla con una seguridad que a veces no deja espacio para la complejidad genuina de la experiencia humana.
Y el tercero es la falta de contexto. Tolle extrae ideas de la tradición budista, del misticismo cristiano, del Vedanta y del sufismo, las mezcla con una libertad que puede resultar estimulante o puede resultar superficial según quién la mire, y rara vez las atribuye a sus fuentes con el rigor que esas fuentes merecen. Es un eclecticismo que funciona para el lector no iniciado y que resulta frustrante para el que conoce las tradiciones de donde vienen esas ideas.
--Lo que queda en pie--
Y sin embargo, con todo eso dicho, hay algo en El Poder del Ahora que no se puede despachar con la crítica, y es que para mucha gente ha sido una puerta. Una puerta hacia una manera de relacionarse con la propia experiencia que antes no existía, una puerta hacia la pregunta de quién es el que piensa, una puerta hacia la posibilidad de que el sufrimiento no sea inevitable sino generado, y de que algo puede cambiar en la relación que uno tiene consigo mismo.
Esa puerta, para muchos lectores, ha llevado después a la meditación seria, al budismo, a la terapia, a prácticas contemplativas que tienen la profundidad que el libro no tiene. Y en ese sentido El Poder del Ahora cumple una función que merece respeto aunque sus limitaciones sean evidentes.
Es el mapa pequeño del que hablábamos en otro texto, el que no muestra todo el territorio pero señala una dirección que antes no se veía.
A veces eso es suficiente para empezar.
Y a veces empezar es todo lo que hace falta.
El escriba cierra el libro de Tolle. Lo deja en la estantería, junto al Shōbōgenzō. Los dos señalan en la misma dirección. Uno llega más lejos. El otro llega a más gente. Quizás las dos cosas son necesarias.