O: lo que el Sutra del Corazón lleva siglos diciéndonos y que todavía nos cuesta escuchar.
Hay una escena en la película de Bertolucci, El Pequeño Buda, que a mí me detuvo la primera vez que la vi. No es una escena de acción, ni de diálogo elaborado, ni de esas que generan tensión dramática, es simplemente un texto recitado sobre imágenes de Siddharta meditando bajo el árbol. Y el texto dice esto:
“La forma está vacía,
el vacío es forma,
sin ojos, ni oídos,
ni nariz, ni lengua,
ni cuerpo, ni mente,
sin color, ni sonido,
ni olor, ni gusto,
ni tacto, ni nada existente.
Sin vejez, ni muerte,
sin fines de viejas épocas, ni muerte,
sin sufrimiento, ni causa o fin de sufrimiento,
sin camino, sin sabiduría,
y sin beneficios.
Así vivió Buda, comprendiendo la realidad, sin el estorbo de la mente.
Sin estorbos, por consiguiente, sin miedo.
Estaba más allá de los pensamientos engañosos.
Eso es el Nirvana.”
Eso es el Sutra del Corazón.
El Prajñaparamita Hridaya. Doscientas sesenta palabras en su versión corta, recitadas en los dojos zen de todo el mundo cada mañana desde hace siglos, y que contienen quizás la afirmación más radical que ninguna tradición filosófica ha hecho nunca sobre la naturaleza de la realidad.
Vamos por partes -dijo Gilles de Rais .
--Lo que dice y lo que no dice--
Lo primero que hay que hacer con el Sutra del Corazón es desarmarlo del malentendido más habitual, porque "la forma es vacío" suena, a oídos occidentales, como una declaración nihilista: las cosas no existen, la realidad es una ilusión, nada importa.
No es eso. En absoluto.
Vacío, en sánscrito śūnyatā, no significa nada, no significa ausencia, no significa que las cosas no existan. Significa que las cosas no tienen existencia inherente, propia, independiente, que ningún fenómeno existe desde sí mismo y por sí mismo de manera fija y permanente, sino que todo existe en relación, en dependencia, en continuo proceso de cambio.
La silla en la que estás sentado existe, pero no existe como una entidad fija con una naturaleza permanente: es madera que fue árbol que fue semilla que fue tierra que fue mineral que fue estrella, y que en este momento, reunidas de esta manera específica, producen la experiencia de "silla", y que mañana, o dentro de cien años, habrá vuelto a ser otra cosa. La silla es vacía de existencia inherente, no porque no exista, sino porque lo que existe no es fijo, no es permanente, no es independiente del resto de la realidad.
Eso es la impermanencia. Anicca en pali, el término que el Buda usó como una de las tres características universales de la existencia. Y el Sutra del Corazón lo afirma con una contundencia que no deja lugar a medias tintas: todos los fenómenos son vacíos, no son producidos o aniquilados, no son impuros ni inmaculados, no son incompletos ni enteros. Están más allá de esas categorías porque están más allá de la fijeza que esas categorías presuponen.
--El río que nunca es el mismo río--
Heráclito, el filósofo griego del siglo V antes de Cristo, dijo algo que el Buda habría reconocido sin dificultad: no puedes bañarte dos veces en el mismo río. El río cambia constantemente, el agua no es la misma, la orilla no es exactamente la misma, y tú tampoco eres exactamente el mismo que eras cuando te bañaste la primera vez.
Esa imagen, que parece poética, es en realidad una descripción física precisa de la realidad, y la ciencia moderna no ha hecho más que confirmarla con más detalle del que Heráclito o el Buda podían imaginar. Las células del cuerpo se renuevan completamente en periodos que van de días a años según el tejido. Las neuronas reorganizan sus conexiones de manera continua. Los átomos que componen lo que llamamos "yo" son en su mayoría distintos de los que lo componían hace siete años. Lo que llamamos "yo" es un proceso, no una cosa.
Y sin embargo la mente actúa como si hubiera una cosa. Como si el río fuera siempre el mismo río, como si el yo que se levanta esta mañana fuera idéntico al que se acostó anoche, como si las personas que amamos fueran entidades fijas que permanecen iguales a sí mismas, como si las situaciones que nos preocupan tuvieran la solidez permanente que les atribuimos cuando nos angustiamos por ellas.
Ese es el origen del sufrimiento que el budismo señala: no la impermanencia en sí, sino la resistencia a la impermanencia, el intento de aferrar lo que fluye, de detener lo que se mueve, de solidificar lo que es un proceso.
--La flor que se seca y el té que se enfría--
Hay una práctica en el zen japonés, el ikebana, el arte del arreglo floral, que tiene una relación directa con esto. Los arreglos de ikebana no usan flores artificiales, no intentan imitar la perfección inmutable, trabajan con flores reales que se van marchitando, con ramas que se secan, con la belleza específica de lo que dura exactamente lo que dura y no más. El arreglo es hermoso precisamente porque es temporal, porque su belleza incluye la información de que desaparecerá.
El wabi-sabi, esa estética japonesa de la imperfección y la impermanencia, parte exactamente del mismo principio: la belleza más profunda no está en lo que dura sino en lo que pasa, la taza de té con la grieta, el jardín de musgo que cambia con la lluvia, la luna vista a través de las nubes precisamente porque las nubes la ocultan a veces.
Eso es lo que el Sutra del Corazón apunta cuando dice que los fenómenos no son producidos ni aniquilados: no están naciendo y muriendo en el sentido dramático que esas palabras sugieren, sino que están fluyendo de manera continua sin que haya un punto fijo de comienzo o de fin, sin que haya una entidad separada que nace aquí y muere allá.
La flor no muere cuando se seca. Se convierte en otra cosa. El té no desaparece cuando se enfría. Sigue siendo agua, sigue siendo calor, simplemente distribuido de otra manera.
--Lo que cambia cuando se entiende esto--
No de manera intelectual. De manera práctica, en el cuerpo, en la manera de relacionarse con la experiencia.
Cuando la impermanencia deja de ser una idea filosófica y empieza a ser una percepción directa de cómo funciona la realidad, algo se afloja. No el cuidado por las personas y las cosas — el afecto no desaparece con la comprensión de la impermanencia, al contrario, se vuelve más limpio, más presente, menos contaminado por el miedo a la pérdida. Lo que se afloja es el aferramiento compulsivo, la rigidez con que nos resistimos a que las cosas sean lo que son, incluyendo la parte que cambia y pasa.
La discusión con alguien que quieres, vista desde la impermanencia, ya no es una amenaza al estado permanente de esa relación — porque no hay estado permanente — sino un momento dentro de un proceso que incluye muchos otros momentos y que no define nada de manera definitiva. El momento de dificultad en el trabajo, visto desde la impermanencia, ya no es la prueba de que todo va a salir mal — porque nada está fijo — sino un momento que tiene exactamente la duración que tiene y no más.
No es resignación. Es precisamente lo contrario: es la capacidad de estar completamente presente en cada momento porque ese momento es todo lo que hay, y porque ese momento, como todos los momentos, pasará.
--De vuelta al Sutra--
"En el vacío no hay ojo, oído, nariz, lengua, cuerpo ni mente."
Eso no significa que no tengamos sentidos, significa que los sentidos no son entidades fijas que existen por sí mismas: son procesos, son eventos, son lo que ocurre cuando las condiciones se dan para que ocurran y dejan de ocurrir cuando las condiciones cambian.
El Sutra del Corazón, recitado en el dojo zen cada mañana, no es una declaración de creencia, es un recordatorio. Un recordatorio de que la realidad que experimentamos es más fluida, más abierta, más vasta de lo que la mente habitual está dispuesta a reconocer, y que en esa vastedad, en esa fluidez, en ese vacío que no es nada sino la apertura de todo, hay algo que se parece mucho a la libertad.
Bertolucci lo puso en imágenes: Siddharta bajo el árbol, inmóvil, mientras el texto flota, mientras el mundo a su alrededor sigue moviéndose, cambiando, pasando, y en el centro de todo ese movimiento hay algo que no se mueve porque no tiene dónde moverse, porque está en todas partes y en ninguna, porque es el vacío que hace posible la forma y la forma que hace visible el vacío.
La forma es vacío. El vacío es forma.
Llevas toda la vida sabiendo esto sin saberlo.
El escriba cierra el libro. Mira la taza de té. Ya se ha enfriado. Sigue siendo té.