O: el personaje que se cree el autor.
Hay una confusión que vale la pena aclarar desde el principio, porque si no se aclara todo lo que viene después flota en el aire sin suelo donde aterrizar.
En occidente, cuando alguien dice que una persona tiene mucho ego, sabe exactamente lo que está diciendo. Está describiendo a alguien prepotente, que se cree superior, que ocupa demasiado espacio en cualquier conversación, que no escucha porque está convencido de que lo que él tiene que decir es más importante que lo que los demás puedan aportar. El ego, en ese uso popular, es un defecto de carácter, algo que algunos tienen en exceso y que conviene reducir, preferiblemente el del vecino antes que el propio.
Vamos por partes -dijo Collins Jumaisi Khalusha.
Esa definición no es incorrecta del todo — hay algo de verdad en ella — pero es tan parcial que resulta casi inútil cuando uno intenta entender lo que el budismo dice sobre el tema. Porque el budismo no habla del ego como un rasgo de personalidad que algunos tienen y otros no, sino de una estructura de la mente humana que todos compartimos sin excepción, independientemente de si somos humildes o arrogantes, generosos o mezquinos, iluminados o completamente perdidos.
El ego, en términos budistas, no es un defecto. Es un mecanismo. Y entender ese mecanismo es, quizás, la tarea más importante que existe.
La historia que se cuenta sola
Imagina una película. No cualquier película — la tuya. La película que se llama con tu nombre y que protagonizas tú, que lleva emitiéndose desde que tienes recuerdo, de manera ininterrumpida, sin cortes publicitarios, sin que nadie haya decidido ponerse a grabarla porque se grabó sola.
Esa película tiene un protagonista, el protagonista eres tú, tiene un pasado — los recuerdos que componen tu historia — un presente — lo que está ocurriendo ahora — y una proyección de futuro — lo que crees que va a pasar, lo que temes, lo que esperas, lo que planeas. Y esa película, con su protagonista y su arco narrativo y su continuidad aparente a través del tiempo, es lo que en términos budistas llamamos el ego.
No algo que tienes. Algo que haces, continuamente, en tiempo real, sin parar.
El ego no es una entidad que vive dentro de ti como un inquilino en un apartamento, sino un proceso activo de construcción narrativa que la mente realiza de manera automática, incesante, tan habitual que ya no lo distinguimos de la realidad misma. Como el pez que no ve el agua porque el agua es todo lo que ha conocido, el ego es tan omnipresente que parece transparente, parece el medio en que vivimos en lugar de ser una de las cosas que ocurren en ese medio.
Los recuerdos que construimos ahora
Aquí viene la parte que más incomoda a la mente occidental, y también la más fascinante si se mira con honestidad.
El ego se construye principalmente sobre el pasado, somos en gran medida la suma de nuestros recuerdos, la historia de lo que nos ha ocurrido, de quiénes hemos sido, de qué hemos hecho y qué nos han hecho, de cuáles han sido nuestros logros y nuestros fracasos, nuestras alegrías y nuestras heridas. Esa historia es la materia prima del yo que creemos ser.
Pero hay un problema enorme con esa historia, un problema que la neurociencia de la memoria lleva décadas documentando con una consistencia que no deja lugar a dudas: los recuerdos no son grabaciones. No son archivos que se guardan en un disco duro y se reproducen fielmente cada vez que los evocamos, sino reconstrucciones que se rehacen cada vez que se recuerdan, que se modifican con cada evocación, que incorporan información nueva, que se colorean con el estado emocional del momento presente, que se distorsionan por los sesgos del yo que los está recordando ahora.
Dicho de otra manera: el pasado del que está hecho tu ego no es el pasado tal como fue, sino el pasado tal como lo estás construyendo ahora mismo, en este momento presente, filtrado por quién crees ser hoy, por cómo te sientes hoy, por lo que necesitas creer hoy para que la historia tenga coherencia.
El recuerdo de la infancia que tienes no es tu infancia, es lo que tu mente hace con tu infancia ahora. Y eso cambia, ha cambiado a lo largo de los años, cambiará en el futuro. El mismo evento recordado a los veinte años, a los cuarenta y a los sesenta puede producir tres relatos completamente diferentes, no porque el evento cambiara sino porque el yo que recuerda es distinto en cada momento.
Y sobre esa base movediza, sobre esa arena que se mueve bajo los pies, construimos la solidez del yo, la certeza de quiénes somos.
-El futuro que tampoco existe-
Al pasado construido se le añade el futuro imaginado, y juntos rodean un presente que en teoría debería ser lo más real de todo pero que paradójicamente es lo que menos atendemos.
El futuro que el ego proyecta no es una predicción sino una extensión de la narrativa del yo hacia adelante, una extrapolación de los patrones del pasado hacia lo que todavía no ha ocurrido, coloreada por los miedos y los deseos del momento presente. El yo que teme el abandono proyecta un futuro lleno de pérdidas, el yo que ansía el reconocimiento proyecta un futuro en el que finalmente lo recibe o en el que confirma que nunca llegará, el yo que se define por su trabajo proyecta futuros en los que ese trabajo triunfa o fracasa.
Ninguno de esos futuros existe. Todos son invenciones del momento presente disfrazadas de anticipación realista.
Y sin embargo el ego los trata como si fueran reales, planea en torno a ellos, se angustia por ellos, toma decisiones importantes en función de ellos, dedica una cantidad extraordinaria de energía mental a gestionar algo que no existe y que puede que nunca exista en la forma en que se está imaginando.
El ego, entonces, es una construcción de tres tiempos, ninguno de los cuales es completamente real: un pasado reconstruido ahora, un futuro inventado ahora, y un presente que apenas se atiende porque la mente está ocupada con los otros dos.
-El ego como pensamiento que se toma por realidad-
Aquí está el núcleo de lo que el budismo dice, y conviene decirlo con la mayor claridad posible aunque la claridad no haga la cosa más cómoda.
El ego es un pensamiento, o más exactamente, es un conjunto de pensamientos, de narrativas, de imágenes, de recuerdos y proyecciones, que la mente produce de manera continua y que en algún momento, por alguna razón que tiene que ver con la supervivencia del organismo y con la necesidad de coherencia narrativa, empezamos a tratar no como pensamientos sino como realidad.
El pensamiento "soy alguien que no vale suficiente" no es una descripción de la realidad, es un pensamiento. El pensamiento "soy alguien exitoso" tampoco es una descripción de la realidad, es otro pensamiento. El pensamiento "soy una persona sensible, introvertida, que ha sufrido mucho y que tiene dificultades con la confianza pero que en el fondo es buena gente" — eso tan específico, tan elaborado, tan lleno de matices que parece una descripción precisa de quién eres — también es un pensamiento, también es una construcción, también es algo que la mente produce y que podría producir de otra manera en otro contexto con la misma facilidad.
El yo es una idea. Una idea muy elaborada, muy consistente, muy defendida, con un sistema inmunológico propio que rechaza cualquier información que la contradiga y asimila cualquier información que la confirme, pero una idea al fin y al cabo.
Y el sufrimiento — buena parte del sufrimiento humano, el que no es inevitable sino producido — nace de tratar esa idea como si fuera una realidad insondable, sólida, permanente, que hay que proteger a cualquier coste.
-La ilusión que funciona-
Pero el budismo no dice que el ego sea malo ni que haya que destruirlo, esa es la malinterpretación que lleva a la gente a confundir la práctica budista con el nihilismo o con una forma de auto-aniquilación espiritual.
Lo que dice es algo más matizado y más útil: el ego es una herramienta funcional que la mente humana desarrolló por razones evolutivas muy concretas, que sirve para orientarse en el mundo social, para mantener la continuidad de la experiencia, para aprender del pasado y planificar el futuro, y que el problema no es que exista sino que lo tomemos por lo que no es.
El ego como convención funcional — como el nombre con que firmo documentos, como la historia que cuento cuando alguien me pregunta quién soy, como la acumulación de preferencias y hábitos que hacen que me reconozca a mí mismo y que los demás me reconozcan — ese ego está bien, es necesario, es la herramienta adecuada para muchas situaciones.
El problema empieza cuando esa convención funcional se convierte en una identidad absoluta que hay que defender a toda costa, cuando la herramienta se confunde con quien la usa, cuando el personaje se toma por el autor.
Un actor que interpreta a Hamlet no sufre cuando Hamlet muere, sabe que es un personaje. El problema del ego humano es que hemos olvidado que somos el actor — o más exactamente, que el actor y el personaje son el mismo proceso visto desde dos ángulos distintos — y nos hemos identificado tan completamente con el personaje que la posibilidad de que el personaje cambie, se disuelva o simplemente no sea tan real como parecía se vive como una amenaza existencial.
-Lo que aparece cuando la historia para-
La práctica de meditación, en este contexto, no tiene como objetivo destruir el ego, sino verlo, observarlo en acción, notar el momento en que la mente produce el pensamiento-yo y lo trata como si fuera más que un pensamiento.
Y lo que ocurre cuando esa observación se profundiza, cuando la práctica lleva la atención al proceso de construcción del yo en lugar de perderse en el contenido de lo construido, es algo que los maestros zen describen con consistencia a lo largo de los siglos y que es difícil de transmitir en términos conceptuales precisamente porque está más allá del concepto.
El yo no desaparece y queda la nada, eso sería nihilismo y el budismo no es nihilismo. Lo que aparece es algo más parecido a esto: la experiencia continúa, las sensaciones continúan, los pensamientos continúan, la vida cotidiana continúa con toda su complejidad y su textura, pero la solidez compulsiva del yo que necesita ser protegido a cada instante se aligera, y en ese aligerar hay algo que no tiene nombre preciso pero que la mayoría de los que lo han tocado aunque sea brevemente describen en términos similares — una apertura, una ligereza, algo parecido a lo que sería respirar sin el peso constante de tener que ser alguien.
No la ausencia de yo, sino la transparencia del yo, que deja ver a través de él algo que siempre estuvo ahí y que el yo, con su ruido y su necesidad de protagonismo, tapaba.
Ese algo es lo que el budismo lleva dos mil quinientos años intentando señalar, con koans, con paradojas, con silencios, con golpes de kyosaku, con frases que no terminan de cerrar, con textos como este que en el mejor de los casos son el dedo apuntando a la luna, y en el peor, otro cuenco lleno que impide que el té entre.
El escriba para. Se pregunta quién ha estado escribiendo. No encuentra una respuesta satisfactoria. Sigue.