O: lo que ocurre en el instante en que el aire entra, y por qué ese instante lo contiene todo.
Vamos por partes -dijo Macario Alcalá Canchola.
"Estar en el momento presente." Lo dice todo el mundo, aparece en todas las aplicaciones de meditación, en todos los libros de mindfulness, en todas las cuentas de Instagram espiritual que ya hemos despachado en otro texto de este papiro. Y suena tan sencillo que uno se pregunta por qué hace falta practicarlo. ¿No estoy ya en el momento presente? ¿Dónde más podría estar?
Aquí. En este momento... Respirando.
Sí. Y no.
Porque el cuerpo siempre está en el momento presente — no tiene otro sitio donde estar — pero la mente es otra historia completamente distinta, una historia que transcurre casi siempre en otro tiempo, en otro lugar, en una conversación que ocurrió ayer o en una preocupación que quizás ocurra mañana, en el recuerdo de algo que dolió o en la anticipación ansiosa de algo que todavía no existe y que puede que nunca exista.
La mente humana no entrenada vive en el momento presente de manera intermitente, casi accidental, como cuando un rayo de sol atraviesa un cielo nublado durante unos segundos y luego desaparece. El resto del tiempo está en otra parte, construyendo narrativas sobre el pasado o proyecciones sobre el futuro, y llamando a todo eso "pensar", sin notar que en ese pensar constante la experiencia real — lo que está ocurriendo ahora mismo, en este instante, en este cuerpo, en este lugar — se pierde casi por completo.
Eso es lo que hay que entender antes de hablar de atención plena.
--El instante y lo que contiene--
Pero hay algo más, algo que el mindfulness popular raramente menciona y que el zen sí señala con consistencia, y es esto: el momento presente no es un refugio tranquilo al que retirarse del ruido del mundo, no es un oasis de calma donde todo se detiene, sino todo lo contrario, es el lugar donde todo ocurre, el único lugar donde algo ocurre, el punto desde el que la totalidad de la existencia se despliega.
Piensa en una respiración. Una sola. El momento en que el diafragma desciende, los pulmones se expanden, el aire entra por las fosas nasales con esa temperatura ligeramente fresca que tiene el aire antes de calentarse en el cuerpo. Ese instante dura quizás dos o tres segundos, es algo completamente ordinario, es algo que ocurre entre doce y veinte veces por minuto sin que nadie lo haya decidido, sin que la voluntad consciente tenga que intervenir.
Y en ese instante están pasando, simultáneamente, millones de cosas.
El intercambio gaseoso en los alvéolos pulmonares, la hemoglobina captando oxígeno y liberando dióxido de carbono, el sistema nervioso autónomo ajustando el ritmo cardíaco, el nervio vago enviando señales de calma al cerebro, los receptores del olfato procesando las moléculas del aire, la presión atmosférica que empuja el aire hacia dentro respondiendo a la reducción de presión que crea el diafragma, el planeta Tierra girando sobre su eje mientras eso ocurre, el Sol enviando la energía que hizo posible el oxígeno a través de la fotosíntesis, el universo entero, en cierta manera, confluyendo en ese fuelle que se abre y se cierra en este pecho, en este instante.
Todo eso está ocurriendo ahora mismo mientras lees esto.
¿Estás ahí?
--La interdependencia y el instante--
El budismo tiene un concepto — pratītyasamutpāda, la originación dependiente — que dice que ningún fenómeno existe de manera aislada, que todo surge en dependencia de todo lo demás, que la existencia es una red de condiciones mutuamente implicadas en la que nada puede separarse del conjunto sin dejar de ser lo que es.
Lo que esto significa aplicado al momento presente es algo que eriza el vello si se mira con la atención suficiente: este instante, este preciso instante en que respiras y lees y existes, no es un punto aislado en una línea de tiempo, sino el nodo en el que converge la totalidad de lo que ha ocurrido desde el principio del universo, y desde el que se despliega la totalidad de lo que ocurrirá.
No de manera mística ni metafórica, sino causal, concreta y literal.
El aire que entra ahora en tus pulmones es el mismo aire que respiró Dōgen en el siglo XIII, que respiró el Buda bajo el árbol, que circuló por los pulmones de los dinosaurios hace sesenta y cinco millones de años, que fue producido por las primeras bacterias fotosintéticas hace tres mil millones de años, que se formó con los elementos forjados en el interior de estrellas que explotaron antes de que existiera el sistema solar.
Ese mismo aire, en este instante, entrando en este cuerpo.
Y las decisiones que tomes en los próximos segundos — lo que pienses, lo que sientas, lo que digas o dejes de decir, lo que hagas con tu vida — se propagarán desde este instante hacia adelante en una cadena de causas y efectos que no terminará nunca, que afectará a personas que todavía no han nacido en maneras que no puedes imaginar.
El momento presente no es pequeño. Es el lugar más grande que existe.
Por qué entonces es tan difícil estar en él?
Si el momento presente es tan extraordinario, tan vasto, tan cargado de realidad, ¿por qué la mente huye de él constantemente, por qué prefiere el pasado que ya no existe o el futuro que todavía no existe al presente que es lo único que existe de verdad?
La respuesta del budismo es que el momento presente, percibido con claridad, es insoportablemente real, y que la mente no entrenada no tolera esa realidad sin interponer entre ella y la experiencia directa una capa de conceptos, de narrativas, de interpretaciones que la hagan manejable.
El momento presente sin filtros muestra la impermanencia — todo cambia, nada se detiene, este instante ya se está convirtiendo en otro — y la mente que se aferra a lo permanente no puede mirar eso de frente sin que algo se mueva en ella, sin que la solidez del yo construido empiece a vibrar.
Por eso huye. No por pereza ni por distracción superficial, sino por una razón más profunda: porque quedarse completamente en el momento presente implica, aunque sea por un instante, soltar el control, dejar de gestionar la experiencia, dejar de estar por encima de lo que ocurre para estar completamente dentro de ello.
Y eso da miedo. Aunque lo que hay dentro sea simplemente el aire entrando en los pulmones.
--Lo que ocurre cuando la atención llega de verdad--
No lo puedo describir completamente. Nadie puede. Y eso, en sí mismo, es parte de la respuesta.
Pero lo que ocurre cuando la atención llega de verdad al momento presente — cuando no hay narrativa, cuando no hay juicio, cuando no hay yo observando la experiencia desde fuera sino solo la experiencia misma ocurriendo — es que la separación entre el que observa y lo observado se adelgaza hasta casi desaparecer.
El fuelle que entra y sale de aire ya no es algo que yo observo, sino algo que simplemente ocurre, y el yo que creía observarlo resulta ser también parte de lo que ocurre, otro proceso dentro del proceso mayor, otra ola en el mismo océano, y el océano no está separado de las olas ni las olas del océano, y en ese instante de no-separación hay algo que no tiene nombre exacto en ningún idioma pero que los contemplativos de todas las tradiciones, en todos los siglos, han señalado con el mismo gesto de asombro silencioso.
Eso es lo que está disponible en el momento presente.
En cada respiración.
En cada una.
Aunque casi nunca lo veamos.
El escriba inhala, despacio, y por un instante no hay nada más que eso.