La soledad del practicante zen: por qué el camino se anda solo aunque haya gente alrededor.

La soledad del practicante zen: por qué el camino se anda solo aunque haya gente alrededor.

O: sobre el silencio que nadie más puede romper por ti.

Hay un momento que ocurre antes o después en casi todo el que practica con seriedad. No tiene una fecha fija, puede ocurrir después de seis meses o después de seis años. Ocurre en momentos distintos para personas distintas, pero cuando ocurre se reconoce inmediatamente porque tiene una textura muy específica.

Es el momento en que te das cuenta de que esto no puedes compartirlo del todo. No de verdad. Puedes hablar sobre ello, puedes leer sobre ello, puedes ir al dojo y sentarte junto a otras personas que también están sentadas, puedes tener un maestro que te orienta y una sangha que te acompaña. Y aun así hay algo en el centro de la práctica que es irreductiblemente tuyo. Que nadie puede hacer por ti. Que nadie puede ver desde dentro excepto tú.

Y eso, aunque no se nombre siempre así, es una forma de soledad.

No la soledad del abandono, no la soledad de quien no tiene a nadie. Una soledad más fundamental, más quieta. La soledad de quien está completamente solo con su propia mente y no puede transferir esa experiencia a ningún otro ser humano sin que algo esencial se pierda en la traducción.

Vamos por partes - dijo Andrés Ulises Castillo Villareal.

--Por qué el ser humano siente soledad--

La soledad, en su forma más básica, no es ausencia de personas, es ausencia de comprensión completa. Es la brecha entre lo que uno experimenta por dentro y lo que puede transmitir al exterior. Y esa brecha existe siempre. Es constitutiva de ser un sujeto.

El filósofo alemán Arthur Schopenhauer lo vio con claridad desalentadora: cada ser humano está encerrado en su propia conciencia como en una prisión. Puede comunicarse con otros a través del lenguaje, los gestos, las expresiones, el arte, pero la experiencia directa — lo que se siente desde dentro de este cuerpo, con esta historia, con esta mente — eso no se transmite. Se aproxima, se sugiere, pero nunca se transfiere completa.

Y el ser humano, que es un animal profundamente social construido para la conexión, siente esa brecha como una herida. Como algo que debería poder resolverse y que sin embargo no se resuelve. Buscamos en las relaciones íntimas la ilusión, al menos momentánea, de que alguien nos comprende completamente. Y cuando esa ilusión se rompe — cuando descubrimos que incluso la persona más cercana no puede entrar completamente en nuestra experiencia — la soledad regresa con una intensidad que desconcierta.

Eso ocurre en todas las vidas. En la vida del practicante zen ocurre también. Pero con un matiz adicional que lo complica.

--La soledad específica del practicante--

Quien practica zen con honestidad empieza a ver cosas que la mayoría de la gente no ve. O más exactamente: empieza a ver de una manera diferente.
La impermanencia no es una idea filosófica sino algo que se percibe directamente en la experiencia momento a momento. El aferramiento no es un concepto sino algo que se observa operando en tiempo real.
El yo — esa estructura que la cultura da por sentada como el centro incuestionable de la vida — empieza a mostrarse como el proceso construido que es.

Y eso es difícil de compartir.

No porque sean ideas complicadas, sino porque no son ideas. Son percepciones directas que emergen de la práctica sostenida. Y comunicar una percepción directa a alguien que no la ha tenido es como intentar explicar el color rojo a alguien que nunca ha visto. Puedes describir la longitud de onda, puedes compararlo con otras cosas, pero el rojo en sí mismo, la experiencia de verlo, eso no se transmite con palabras.

El practicante zen que lleva tiempo en el camino puede sentirse profundamente solo en contextos donde antes no se sentía. Una cena familiar donde todos hablan de las mismas cosas de siempre, una conversación con amigos que no entienden por qué alguien querría levantarse antes de que salga el sol para sentarse a mirar una pared, una relación íntima con alguien que no practica y que a veces interpreta el zazen como una manera de alejarse, de no estar disponible, de preferir el silencio a la compañía...

Esa soledad no es arrogancia espiritual. No es creerse mejor que nadie, es simplemente la constatación de que hay una parte de la vida que no puede compartirse completamente.
Y que esa parte, con la práctica, va creciendo.

--Lo que dice el zen al respecto--

Aquí es donde la cosa se pone interesante, porque el zen no intenta resolver la soledad, no ofrece consuelo en el sentido convencional. No dice que la sangha lo arregla todo ni que el maestro llenará el hueco ni que la iluminación producirá una conexión tan profunda con todos los seres que la soledad desaparecerá.

Lo que dice el zen es algo bastante más radical.

Dice que la soledad que sientes es real. Pero que la causa que le atribuyes puede no serlo.

La soledad, desde la perspectiva budista, nace de la ilusión de separación. Del yo que se experimenta a sí mismo como una entidad separada del resto de la existencia. Encapsulado. Aislado. Dentro de esta piel mirando un mundo que está afuera.

Y lo que la práctica hace, lentamente, sin garantías de velocidad ni de resultado espectacular, es aflojar esa sensación de encapsulamiento. No eliminarla de golpe — eso sería el reclamo de los charlatanes. Aflojarla. Hacerla menos sólida. Abrir pequeñas grietas en la pared entre el yo y el resto.

Dōgen lo dice en el Genjokoan con su precisión habitual: ser iluminado por todas las cosas es eliminar la barrera entre el yo y los demás. No el yo y los otros seres humanos solamente. El yo y todas las cosas. El pájaro que canta. La lluvia en la ventana. El dolor de rodilla en el zafu. El pensamiento que aparece sin que nadie lo haya invitado.

La soledad no desaparece. Pero cambia de naturaleza.

--La paradoja del camino solitario en comunidad--

Hay algo que el zen ha sabido desde el principio y que sus instituciones reflejan con coherencia: el camino es solitario e irreductiblemente personal. Y sin embargo se practica en comunidad.

La sangha — la comunidad de practicantes — no existe para eliminar la soledad, existe para acompañarla. Para que el practicante no confunda la soledad esencial del camino con el abandono. Para que cuando la mente diga "esto no tiene sentido" o "nadie más entiende esto" o "quizás me he equivocado de camino", haya otras personas sentadas en el mismo silencio que dicen con su presencia, sin palabras: sí. Esto es así, sigue.

El maestro tampoco resuelve la soledad. El maestro la señala, la reconoce, la valida. Y a veces — en los mejores momentos, en los que hacen que uno entienda por qué la relación maestro-discípulo es insustituible — el maestro dice algo o hace algo que produce la sensación fugaz pero devastadora de ser completamente comprendido.

No porque el maestro haya entrado en tu experiencia, sino porque el maestro ha estado en un lugar suficientemente parecido como para que el reconocimiento sea genuino.

Eso no dura. No puede durar, pero deja una huella.

--Sentarse con la soledad--

Al final, el zen no resuelve la soledad del practicante. La convierte en práctica.

La soledad que sientes cuando nadie entiende por qué haces esto — siéntate con ella. La soledad que sientes cuando el zazen va bien y no tienes con quién compartirlo porque compartirlo ya lo cambiaría — siéntate con ella. La soledad que sientes cuando alguien que quieres no puede seguirte a este lugar y no puedes bajar tú a buscarlo — siéntate con ella.

No como castigo, sino como observación. Como la misma atención que diriges a la respiración o a los pensamientos o al dolor de espalda. La soledad es otro fenómeno que aparece y que puede recibirse con presencia o con resistencia.

Y cuando se recibe con presencia — cuando se sienta uno con la soledad en lugar de huir de ella — algo ocurre que es difícil de describir pero que cualquiera que lo haya experimentado reconoce.

La soledad no desaparece, pero ya no duele de la misma manera.

Porque en el acto de sentarse completamente solo con la propia experiencia — sin buscar que nadie lo resuelva, sin intentar escapar hacia ningún lado — hay algo que se parece, solo que de lejos y sin garantías, a lo que los maestros zen llevan siglos señalando sin poder nombrarlo del todo.

La no-separación.

Que no es lo mismo que la compañía.

Pero que, en los mejores momentos, es mejor.

El escriba se sienta. No hay nadie más en la habitación. Por ahora, eso es suficiente.