O: lo que se pierde cuando el camino del Buda cabe en una infografía de fondo pastel.
Tengo una amiga que me manda cosas. Lo hace con buena intención, lo sé, y por eso no digo nada.
Me manda capturas de pantalla de cuentas de Instagram con cien mil seguidores, doscientos mil, medio millón. Cuentas que mezclan con una fluidez asombrosa una postura de yoga al amanecer, una cita de Buda sobre fondo de acuarela lila, el horóscopo de la semana, un recordatorio de que Mercurio está retrógrado y que eso explica por qué tienes ansiedad, y un enlace a un curso online de meditación por diecinueve euros con noventa y nueve que incluye acceso de por vida a los audios y un cristal de cuarzo rosa enviado a domicilio.
Y cada vez que me llega una de esas capturas me pasa lo mismo, primero pienso: ojalá fuera tan fácil. Luego pienso: esto tiene un problema serio.
Vamos por partes -dijo Estíbaliz Carranza.
--El batiburrillo y cómo se construye--
Hay un perfil tipo que cualquiera puede identificar con dos minutos de búsqueda.
Suele tener un nombre que combina palabras como "alma", "luz", "despertar", "zen", "consciente" o "sagrado" con algún símbolo — la flor de loto, el Om, el yin-yang, el ojo de Horus por si acaso.
El feed es estéticamente impecable. Tonos tierra, blancos cremosos, fotos de atardeceres, manos en mudra sobre rodillas en postura de meditación, velas, incienso, cuencos tibetanos que nadie sabe exactamente para qué sirven pero que suenan muy bien en un reel.
El contenido es una mezcla que funciona porque cada elemento por separado tiene algo de verdad o de atractivo, y juntos producen una sensación de profundidad espiritual que no requiere ningún compromiso real.
Lunes: "El budismo nos enseña que el sufrimiento viene del apego. Suelta lo que no te sirve." Con emoji de flor de loto.
Martes: "Marte en conjunción con Saturno esta semana puede hacerte sentir bloqueado. Es normal. Date espacio." Con emoji de luna.
Miércoles: "Sesión de yoga para activar el chakra del corazón. Enlace en bio."
Jueves: otra cita de Buda. O de Rumi. O de Lao Tse. Da igual, el algoritmo no distingue.
Viernes: oferta de fin de semana en el retiro de bienestar.
Todo eso junto no es espiritualidad. Es un producto. Bien empaquetado, bien fotografiado, bien optimizado para el algoritmo, pero un producto.
--Lo que se borra--
El problema no es que existan esas cuentas, el problema es lo que desaparece cuando el budismo se mezcla con el horóscopo y el marketing de bienestar hasta el punto de que nadie sabe ya dónde termina uno y empieza el otro.
Lo que desaparece es la exigencia.
El budismo, como hemos visto en varios textos de este papiro, no es una colección de citas bonitas sobre el desapego. Es un sistema completo — filosófico, ético, contemplativo — que parte de un diagnóstico severo y propone un tratamiento que requiere esfuerzo sostenido, honestidad sin concesiones y la disposición a mirar lo que no queremos ver de nosotros mismos.
Las Cuatro Nobles Verdades no dicen "suelta lo que no te sirve." Dicen que el sufrimiento tiene una causa estructural en la manera en que la mente humana se relaciona con la realidad, y que resolver eso requiere una transformación profunda que no ocurre leyendo citas en Instagram.
El Óctuple Sendero no es una lista de hábitos saludables. Es una manera completa de vivir que incluye la ética, la atención y la comprensión de la impermanencia como verdad radical, no como excuse para hacer limpieza de armario y tirar a los amigos que no vibran en tu frecuencia.
El zazen no es relajación. Ya lo hemos dicho aquí. Es trabajo. Es sentarse con lo que hay, incluyendo lo que duele, incluyendo lo que aburre, incluyendo la mente que no para de producir ruido aunque lleves veinte minutos intentando que se calme.
Nada de eso cabe en una infografía de fondo pastel. Y precisamente por eso, nada de eso aparece en esas cuentas.
--El horóscopo en la mezcla--
Aquí tengo que ser especialmente directo porque la combinación budismo-astrología es la que más me cuesta digerir. No porque la astrología sea necesariamente dañina en sí misma — hay quien la usa como sistema simbólico de autoconocimiento y puede tener su utilidad en ese plano limitado. Sino por lo que implica mezclarla con el budismo.
El budismo, en cualquiera de sus formas, parte de la responsabilidad radical del practicante sobre su propia mente. Nada externo determina tu estado interior. Ni el karma entendido como fatalidad — esa es una deformación popular, no la doctrina — ni la posición de los planetas, ni la energía del ambiente, ni ninguna fuerza exterior. Lo que condiciona tu experiencia son los patrones habituales de tu propia mente, que pueden observarse, comprenderse y transformarse mediante la práctica.
Mezclar eso con "Mercurio retrógrado explica tu ansiedad de esta semana" es una contradicción filosófica de primera magnitud. Porque le da al practicante exactamente lo que el budismo lleva dos mil quinientos años intentando quitarle: una causa exterior a la que atribuir lo que ocurre dentro.
No es Mercurio. Eres tú. Esa es la buena noticia y la mala noticia al mismo tiempo. La mala porque implica responsabilidad. La buena porque implica que algo puede cambiar.
--Los seguidores y lo que buscan--
Sería injusto no decir esto: mucha de la gente que sigue esas cuentas está buscando algo real. Está buscando alivio para una ansiedad que no sabe nombrar. Está buscando un marco que le dé sentido a algo que le duele. Está buscando comunidad, pertenencia, la sensación de que hay algo más que el ritmo frenético de producir y consumir.
Eso es legítimo. Es humano. Es, de hecho, exactamente lo mismo que lleva a la gente al dojo o al retiro de meditación serio.
El problema es que esas cuentas recogen esa búsqueda genuina y la redirigen hacia un producto que satisface la forma pero vacía el contenido. Dan la sensación de estar en el camino sin poner al seguidor ante la incomodidad que el camino real requiere. Es el equivalente espiritual de los batidos que prometen los beneficios del ejercicio sin tener que hacer ejercicio.
Y el resultado, a medio plazo, es una persona que lleva dos años siguiendo veinte cuentas de bienestar, ha hecho cuatro retiros de yoga, tiene la aplicación de meditación con la racha de noventa días, colecciona cristales, conoce su carta astral de memoria, y sin embargo sigue igual de ansiosa, igual de desconectada de sí misma, igual de insatisfecha.
Porque lo que buscaba no era contenido. Era práctica. Y nadie le dijo la diferencia.
--Lo que el Buda diría--
Probablemente nada. El Buda era partidario del silencio cuando las palabras no sirven.
Pero si tuviera que adivinar, creo que señalaría algo parecido a lo que señaló siempre: que el camino no puede comprarse ni seguirse en formato de suscripción mensual. Que ehipassiko — ven y mira — no significa ven y consume. Que la cita bonita en fondo de acuarela es el dedo que señala la luna, pero que el problema de ese tipo de contenido es que el dedo está tan bien iluminado, tan bien fotografiado, tan bien filtrado, que nadie levanta los ojos del dedo para mirar la luna.
No hace falta destruir esas cuentas ni odiarlas. Hace falta saber lo que son.
Son el menú. No la comida.
Y el hambre que tienes no se quita mirando el menú.
El escriba cierra Instagram. Abre el Shōbōgenzō. Hay días en que la diferencia importa.