Hinduismo, la Trimurti y el Tandava: cuando la mitología no es lo que parece.

Hinduismo, la Trimurti y el Tandava: cuando la mitología no es lo que parece.

O: por qué Shiva bailando no es un ídolo sino la descripción más honesta del universo que existe.

El zen, como hemos dicho muchas veces en este papiro, no responde ciertas preguntas. No porque no sepa — sino porque considera que hacérselas es parte del problema. ¿Quién creó el universo? ¿Qué hay más allá? ¿Cuál es el propósito de todo esto? El zen mira esas preguntas, te mira a ti, y te dice: siéntate. Respira. Eso es suficiente por ahora.

Y tiene razón. Para la práctica, tiene razón.

Pero somos humanos. Y los humanos, cuando levantamos la cabeza del zafu, a veces necesitamos mirar el horizonte. Necesitamos algún tipo de marco que le dé sentido a la totalidad. No para aferrarnos a él — el zen ya nos ha enseñado el precio de eso — sino para orientarnos en lo vasto.

El hinduismo tiene ese marco. Y lo tiene de una manera que occidente lleva siglos malinterpretando de la manera más predecible posible.

Vamos por partes -dijo Belle Gunness.

--El malentendido más antiguo de occidente--

Cuando un europeo o un americano ve una imagen del hinduismo por primera vez — Vishnu de color azul recostado sobre una serpiente, Shiva con cuatro brazos bailando dentro de un aro de fuego, Brahma con cuatro cabezas mirando en todas direcciones, Kali con la lengua fuera y un collar de calaveras — la reacción habitual es clasificarlo como politeísmo. Muchos dioses, muchos cultos, mucha imaginería colorida y excesiva. Algo primitivo que los pueblos hacen antes de llegar a la sofisticación del monoteísmo o del pensamiento racional.

Ese es el malentendido. Y es un malentendido que dice más sobre quien lo tiene que sobre lo que está mirando.

Porque el hinduismo, en su formulación filosófica más profunda — las Upanishads, el Vedanta, la Bhagavad Gita — no es politeísta. Es, si hay que ponerle una etiqueta, monista. Hay una sola realidad última. Los hindúes la llaman Brahman. No un dios personal con voluntad e intenciones. Una realidad absoluta, infinita, sin atributos, sin forma, sin principio ni fin, que es el sustrato de todo lo que existe.

Todo lo demás — los dioses, los mundos, los seres, el tiempo, el espacio — es la manifestación de Brahman. Su juego. Su sueño. Su danza.

Y para describir ese juego, el hinduismo desarrolló una mitología que no es fantasía ni superstición. Es filosofía encarnada en imágenes. Conceptos tan vastos que el lenguaje abstracto no puede contenerlos, vestidos con formas que la mente humana puede contemplar.

--La Trimurti: no son tres dioses, es un proceso--

Brahma, Vishnu y Shiva. La Trimurti. Que occidente traduce habitualmente como "la trinidad hindú" y que esa traducción ya contiene el error porque sugiere tres entidades donde hay una sola función dividida en tres aspectos.

Brahma es la creación. El principio que genera, que despliega, que hace aparecer la multiplicidad desde la unidad. En la cosmología hindú, Brahma no crea el universo de la nada por decisión arbitraria. El universo emerge de Brahman como el sueño emerge del soñador — inevitablemente, sin esfuerzo, como expresión de su naturaleza.

Vishnu es la preservación. El principio que sostiene, que mantiene el equilibrio, que impide que el universo se disuelva antes de tiempo. Vishnu es el guardián del dharma — el orden cósmico que permite que la existencia continúe siendo coherente. Cuando ese orden se rompe, Vishnu desciende al mundo en forma de avatar — Rama, Krishna, el Buda según algunas tradiciones — para restaurarlo. No como intervención divina caprichosa sino como el sistema que se autocorrige (Neo es el sistema que se autocorrige, en Matrix... o es Smith????.

Shiva es la destrucción. Y aquí es donde occidente tiende a fruncir el ceño porque destrucción suena a malo. Pero Shiva no es el dios del mal. Es el principio de la disolución necesaria. Lo que tiene que acabar para que algo nuevo pueda comenzar. El invierno que prepara la primavera. La muerte que hace posible el renacimiento. El olvido que permite el aprendizaje.

Sin Brahma no hay nada. Sin Vishnu nada dura. Sin Shiva nada termina y nada nuevo puede empezar.

Los tres juntos no son tres dioses en competencia. Son la descripción de un proceso único que el universo lleva a cabo de manera continua e incesante. Creación, preservación, disolución. Expansión, mantenimiento, contracción. El ciclo que cualquier sistema conoce — desde una estrella hasta una célula, desde un imperio hasta una relación — descrito en términos cósmicos.

¿Es eso politeísmo? No. Es física mitológica. Es la descripción del comportamiento del universo observable vestida con formas que pueden contemplarse, que pueden venerarse, que pueden internalizarse de maneras que un documento científico no permite.

--Vishnu y el sueño del kalpa--

Ya hemos hablado en este papiro del kalpa de Vishnu — el ciclo cósmico que dura 4.320 millones de años (un infinito) y que guarda una similitud perturbadora con la edad del universo observable. Pero merece detenerse un momento más en la imagen.

Vishnu duerme sobre Ananta Shesha, la serpiente infinita de mil cabezas, flotando en el océano cósmico primordial. Y mientras duerme, de su ombligo emerge una flor de loto. Y de esa flor nace Brahma, el creador, que despliega el universo.

Esa imagen, que parece un cuento de hadas extravagante, es en realidad una descripción del estado que precede a la creación. El océano primordial es el potencial infinito — lo que la física cuántica llamaría el vacío cuántico, que no es vacío sino la plenitud de todos los estados posibles antes de que ninguno se actualice. Vishnu durmiendo es la conciencia en reposo, sin objeto. Y el sueño que produce el universo es exactamente la metáfora que aparece en el Yogācāra budista para describir cómo la mente construye la realidad que percibe.

No estoy diciendo que los Vedas anticiparon la mecánica cuántica. Estoy diciendo que cuando una tradición que lleva cuatro mil años contemplando la naturaleza de la realidad llega a las mismas metáforas que la física teórica llega en el siglo XX, eso merece algo más que una sonrisa condescendiente.

--El Tandava: Shiva baila y el universo tiembla--

Aquí está la imagen que más me gusta de todo el hinduismo. Y la que mejor ilustra por qué esta mitología no es decoración sino filosofía de primer orden.

El Nataraja. Shiva como señor de la danza. La escultura más famosa del hinduismo — esa figura de bronce con cuatro brazos dentro de un aro de llamas — es probablemente la representación más densa de significado que ninguna cultura ha producido en un metro cuadrado.

Shiva baila el Tandava. La danza cósmica que es simultáneamente creación y destrucción. Sus pies golpean el suelo y el universo se despliega. Sus pies se levantan y el universo se pliega de nuevo. El aro de fuego que lo rodea es el ciclo continuo de la existencia. Una de sus manos sostiene un tambor — el sonido primordial, el Om, la vibración que da origen a la materia. Otra mano sostiene una llama — la destrucción. Una tercera mano apunta hacia abajo, hacia el pie elevado — el gesto que dice: no temas. Una cuarta mano señala ese pie elevado — el gesto que dice: este es el camino, la liberación está aquí.

Bajo el pie que pisa hay un enano — Apasmara, la figura de la ignorancia, del olvido, del ego que cree ser el centro del universo. Shiva baila sobre él. No lo destruye — lo pisa. Lo mantiene bajo control sin eliminarlo, porque la ignorancia es también parte del juego.

Fritjof Capra, el físico que escribió El Tao de la física, describe el Nataraja como la imagen más perfecta que existe de lo que la física de partículas describe como el comportamiento de la materia a nivel subatómico. Partículas que se crean y se aniquilan en ciclos continuos, en una danza de energía que nunca se detiene. La materia no es sólida. Es danza. Es proceso. Es el Tandava de Shiva ejecutado a escala de Planck.

Y en el centro de esa danza hay una cara serena. Shiva no está agitado por la danza que ejecuta. Está completamente en paz en el ojo del huracán cósmico. Crea y destruye y sostiene y libera con la misma ecuanimidad que el zazen cultiva en escala humana.

Eso no es un ídolo. Es la descripción más completa que conozco de lo que significa estar completamente presente en un universo que no para de moverse.

--Por qué esto importa al que practica--

El zen dice: no te preguntes qué es el universo. Siéntate. El hinduismo dice: el universo es esto. Esta danza. Este ciclo. Esta creación y destrucción sin fin en la que participas sin haber pedido permiso y sin posibilidad de salirte.

Las dos respuestas son válidas. Las dos se necesitan.

El zen te da el método para estar en el presente sin que la vastedad del todo te aplaste. El hinduismo te da el mapa para entender en qué tipo de realidad estás cuando sales del zazen y miras alrededor y te preguntas qué significa todo esto.

El mapa no es el territorio — eso ya lo sabemos. Pero a veces, cuando el territorio es tan vasto que no se puede abarcar con la mirada, un mapa bien hecho es lo más parecido a la orientación que existe.

Y el mapa de la Trimurti y el Tandava es, en mi opinión, uno de los más bien hechos que la humanidad ha producido.

Aunque venga dibujado con cuatro brazos y un aro de fuego.

El escriba mira la figura de Shiva en la estantería. El tambor. La llama. El pie que pisa la ignorancia. La cara serena.

Respira.