O: por qué llenar la taza antes de tiempo es el error más antiguo del mundo.
Hay frases que parecen sencillas y no lo son. Frases que el primer día te parecen una obviedad decorativa — del tipo que se pone en una taza de cerámica artesanal en una tienda de diseño — y que el décimo día, si has tenido la honestidad de no descartarlas demasiado rápido, te están mirando desde dentro con una intensidad que no esperabas.
Esta es una de esas frases.
"Solo en un cuenco vacío se puede servir el té."
A primera vista parece una tautología. Claro que el cuenco tiene que estar vacío para que quepa el té. ¿Y? ¿Qué tiene eso de profundo? Lo mismo que decir que hay que abrir la puerta para entrar por ella.
Pero espera. Quédate un momento. Porque lo que parece una obviedad sobre cerámica y bebidas calientes es, si se mira con la atención suficiente, una descripción completa de lo que el zen lleva siglos intentando transmitir sobre la mente, el ego, la práctica y la manera en que nos relacionamos con la experiencia.
Vamos por partes -dijo Manuel Blanco Romasanta.
--El cuenco lleno--
Hay una historia — atribuida a distintos maestros zen según quién la cuente, lo cual en el zen no importa demasiado porque las historias no son de nadie — que ilustra esto mejor que cualquier explicación.
Un profesor universitario va a visitar a un maestro zen para hablar sobre el budismo. El maestro le sirve té. Llena la taza del profesor y sigue vertiendo. El té se derrama por la mesa, por el suelo, por todas partes. El profesor, desconcertado, dice: "¡Está llena! ¡Ya no cabe más!" Y el maestro responde: "Como esta taza, tú estás lleno de tus propias opiniones y especulaciones. ¿Cómo puedo mostrarte el zen a menos que primero vacíes tu taza?"
La historia es de Nyogen Senzaki, o de D.T. Suzuki, o de ninguno de los dos y de todos a la vez. No importa. Lo que importa es lo que señala.
El cuenco lleno no es una metáfora sobre la ignorancia. Es una descripción de un estado mental muy concreto y muy habitual. El estado de quien llega a cualquier experiencia — una conversación, un libro, una enseñanza, una relación, un momento de silencio — con la mente ya ocupada por lo que cree saber, lo que espera encontrar, lo que ha decidido de antemano que va a pensar al respecto.
Ese estado es cómodo. Es eficiente. Permite procesar información rápidamente porque hay categorías preparadas para recibirla. Pero tiene un coste enorme: no deja entrar nada que no encaje en las categorías previas. El cuenco lleno solo puede recibir más de lo mismo.
--Lo que cabe y lo que no--
Piensa en la última vez que alguien te dijo algo que de verdad no esperabas. Algo que no cabía en ninguna categoría previa. ¿Qué hizo tu mente?
Lo más probable es que lo rechazara. O que lo reinterpretara hasta hacerlo encajar en algo conocido. O que produjera una incomodidad que duró exactamente el tiempo necesario para encontrar un cajón donde meterlo y cerrar el cajón.
Eso es el cuenco lleno en acción. Una mente que no puede recibir lo nuevo porque no tiene espacio para ello.
El zen tiene un término para este estado: bonnō. Las ilusiones o aflicciones mentales. El ruido de fondo de la mente conceptual que clasifica, juzga, compara, recuerda y anticipa de manera tan constante y tan automática que ya no se distingue del silencio porque nunca hay silencio.
Y luego está el otro término, el que apunta en la dirección contraria. Mushin. Mente sin mente. O más precisamente: mente sin contenido fijo, sin postura defensiva, sin agenda previa. La mente del principiante, como la llamaba Shunryu Suzuki en ese libro que lleva décadas abriéndole la puerta al zen a todo el mundo: "En la mente del principiante hay muchas posibilidades, pero en la mente del experto hay pocas."
El cuenco vacío es mushin. La mente del principiante. El estado en que algo genuinamente nuevo puede entrar porque hay espacio para recibirlo.
--El problema del que cree que ya sabe--
Aquí hay algo que me parece importante decir con claridad porque afecta especialmente a los que llevan tiempo en el camino:
El cuenco lleno no es solo el problema del principiante arrogante que llega al zen con sus teorías bajo el brazo. Es también — y a veces sobre todo — el problema del practicante veterano que cree que ya sabe cómo funciona esto.
Llevas años sentándote. Conoces el vocabulario. Has leído a Dōgen, a Watts, a Suzuki. Sabes lo que es el shikantaza y el mushin y la naturaleza búdica. Y precisamente por eso, en algunos momentos, tu cuenco está más lleno que el del principiante que llegó la semana pasada.
Porque el principiante al menos sabe que no sabe. Tú, en cambio, puedes creer que sabes lo suficiente como para que la próxima enseñanza, el próximo momento de zazen, la próxima conversación con el maestro, no tenga nada nuevo que ofrecerte.
Eso es el cuenco lleno con la etiqueta del cuenco vacío. La ilusión más sutil de todas.
El zen lo sabe. Y por eso los maestros clásicos del Chan no tenían ningún reparo en desmontar con un grito o un golpe de kyosaku exactamente ese tipo de seguridad adquirida. No por crueldad. Por precisión quirúrgica.
--Vaciar no es destruir--
Aquí viene el matiz que más me importa y que más fácil es pasar por alto.
Vaciar el cuenco no significa destruir lo que había dentro. No significa volver a la ignorancia, fingir que no sabes lo que sabes, abandonar el discernimiento o la inteligencia crítica. No es una invitación a la credulidad ni al pensamiento mágico.
Es algo más sutil. Es aprender a sostener lo que sabes con menos rigidez. A llevar el conocimiento como ropa — que cubre y protege pero que puede cambiarse — en lugar de como piel, que si te la quitan duele y sangra.
El maestro Huangbo lo decía de esta manera: "El hombre sabio no busca nada." No porque no tenga conocimiento sino porque no está aferrado a él. Puede usarlo y puede soltarlo. Puede estar completamente dentro de su comprensión y al mismo tiempo completamente abierto a que esa comprensión sea insuficiente.
Eso es el cuenco que puede vaciarse y llenarse y vaciarse de nuevo sin que el cuenco en sí se resienta. El cuenco sigue siendo cuenco. Pero ya no se define por lo que contiene.
--La práctica como vaciamiento continuo--
Y aquí está la conexión con el zazen que lo ata todo:
Zazen no es una técnica para producir estados. Es, entre otras cosas, una práctica de vaciamiento continuo. Cada vez que la mente se llena — con un pensamiento, un plan, un recuerdo, una emoción, una opinión sobre cómo debería estar yendo la sesión — y cada vez que uno lo nota y vuelve sin aferrarse, está practicando exactamente eso. Está vaciando el cuenco.
No una vez. No hasta que quede vacío para siempre. Una vez tras otra, sin fin, porque la mente humana no entrenada llena el cuenco de manera automática y constante. El entrenamiento no produce un cuenco que permanezca vacío. Produce una relación distinta con el llenado. Una ligereza ante los contenidos que va creciendo con los años.
El cuenco sigue recibiéndolo todo. Pero ya no retiene nada más tiempo del necesario.
--Una taza de té--
Así que la próxima vez que alguien te sirva té — o café, o agua, o lo que sea — hay un momento antes de que el líquido entre en la taza que merece un instante de atención.
El cuenco está vacío. Listo.
¿Estás tú?
No como pregunta retórica. Como pregunta genuina sobre el estado de tu mente en este momento. ¿Hay espacio? ¿O el cuenco ya está lleno de lo que crees que vas a pensar, de lo que esperas que pase, de lo que decidiste antes de llegar que esto significaba?
El té solo puede servirse en el cuenco vacío.
Todo lo demás es derramarse por la mesa.
El escriba acerca el cuenco. Lo mira. Por ahora, está vacío. Eso tendrá que ser suficiente.