Zazen, Kinhin, Samu y Sampai: qué significan y cómo practicar el zen en la vida cotidiana sin ser monje.

Zazen, Kinhin, Samu y Sampai: qué significan y cómo practicar el zen en la vida cotidiana sin ser monje.

O: cinco palabras japonesas que describen algo que ya haces, o deberías, aunque no sepas que lo estás haciendo.

Hay un momento que ocurre en casi todos los que se acercan al zen por primera vez. Es el momento en que alguien pronuncia una palabra en japonés con toda la naturalidad del mundo — zazen, kinhin, sampai — y el recién llegado asiente con una expresión que intenta parecer comprensiva mientras por dentro está completamente perdido.
No hay ningún misterio en esas palabras. Son nombres de cosas concretas, prácticas, que se hacen con el cuerpo. Y lo que me parece interesante — lo que quiero explorar en este texto — es que detrás de cada una de ellas hay una manera de relacionarse con la experiencia cotidiana que no requiere ni un dojo ni un maestro ni una sola palabra en japonés.
Requiere atención. Que es lo único que el zen pide y lo más difícil de dar.

Vamos por partes -dijo William MacDonald.

-Zazen: sentarse sin hacer nada, que es lo más difícil-

Zazen significa literalmente "sentarse en meditación". Za es sentarse. Zen es meditación, del chino Chan, del sánscrito dhyana. Pero como ya hemos visto en textos anteriores de este papiro, el zazen no es exactamente meditación en el sentido que occidente da a esa palabra.
En un dojo zen, el zazen es la práctica central. Se sienta uno en el zafu — el cojín redondo — con la espalda erecta, las piernas cruzadas o en postura de rodillas, las manos en el dhyana mudra, los ojos entreabiertos con la mirada baja y sin foco. Y se está. Sin objetivo. Sin técnica de visualización. Sin mantra. Sin intentar conseguir ningún estado especial.
Shikantaza. Solo sentarse.

Eso, para el occidental acostumbrado a que toda actividad tenga un producto, un resultado, una métrica de progreso, es profundamente desconcertante. ¿Qué se supone que hay que hacer? Nada. ¿Y eso para qué sirve? Para nada en particular. ¿Y cuándo se nota que funciona? Cuando dejas de hacerte esa pregunta.
Adaptado a la vida cotidiana occidental, el zazen no requiere zafu ni postura de loto ni dojo. Requiere un tiempo — aunque sean diez minutos — y una postura que permita estar alerta sin estar tenso. Una silla sirve. El suelo sirve. Lo que no sirve es el sofá, porque el sofá invita al sueño y el sueño no es zazen.
La práctica es esta: siéntate, respira abajo, y estate. Cuando la mente se vaya — y se irá — vuelve. Sin drama. Sin juicio. Vuelve. Eso es todo. Y eso, practicado con regularidad, cambia algo que no tiene nombre pero que se nota.

REALMENTE, ESO LO CAMBIA TODO.

-Kinhin: caminar como si el suelo importara-

Kinhin es la meditación caminando. En el dojo se practica entre periodos de zazen: los practicantes se levantan, forman una fila y caminan en círculo lentamente, con las manos en una posición específica frente al pecho, sincronizando el paso con la respiración.
La función del kinhin no es estirar las piernas, aunque también lo hace. Es mantener la atención que el zazen cultiva en el movimiento. Es la demostración de que la práctica no vive solo en el cojín. Que se puede estar completamente presente caminando igual que estando sentado.
En la vida cotidiana, el kinhin puede ser cualquier caminar consciente. Ir al trabajo a pie con el móvil en el bolsillo y la atención en el suelo bajo los pies. Subir las escaleras sin pensar en lo que hay arriba. Caminar hasta el supermercado como si ese trayecto fuera lo único que existe en ese momento.
No hace falta ir despacio ni poner las manos en ninguna posición especial. Hace falta estar donde se está mientras se camina. Parece trivial hasta que lo intentas y te das cuenta de que llevas años caminando en piloto automático mientras la mente está en otra parte.

-Genmai: el desayuno como práctica-

Genmai es arroz integral. Más específicamente, es la papilla de arroz integral que se come en los monasterios zen como desayuno.
Oryoki es el nombre del ritual completo de las comidas en el zendo — un sistema elaborado de cuencos, paños y gestos precisos que convierte el acto de comer en práctica formal.
La idea detrás del genmai y del oryoki es simple y radical al mismo tiempo: comer con atención completa es práctica, no difiere de sentarse. El sabor, la textura, la temperatura, el acto de masticar — todo eso es experiencia presente que puede recibirse con plena atención o puede ignorarse mientras la mente está en el móvil o en la conversación o en la lista de tareas pendientes.

En occidente, el genmai puede ser cualquier comida hecha y tomada con atención. No tiene que ser arroz integral — puede ser el café de la mañana, el bocadillo del mediodía, la cena familiar. Lo que cambia no es el contenido sino la actitud. ¿Estoy aquí mientras como? ¿Siento lo que estoy comiendo? ¿O estoy en cualquier otro sitio menos en la mesa?
Una comida al día tomada sin pantalla y sin conversación, solo comiendo, es genmai en el sentido que importa. No es el arroz, es la atención.

-Sampai: la reverencia que no es sumisión-

Sampai es la reverencia completa en el zen. En el dojo se hace arrodillándose y tocando el suelo con la frente, con las palmas hacia arriba a ambos lados de la cabeza. Se hace ante el altar, ante el maestro, al entrar y salir del dojo.
Para el occidental, esto es lo que más resistencia genera. Reverencia, inclinarse, postrarse — todo eso activa asociaciones religiosas o de sumisión que incomodan a una mente formada en la autonomía individual.
Pero el sampai no es sumisión, es reconocimiento. Es el gesto físico de soltar, aunque sea por un momento, la postura del yo que todo lo sabe y todo lo controla.
Es la práctica corporal de la humildad — no como virtud moral sino como postura ante la realidad. La realidad es más grande que yo. El camino es más largo que lo que he recorrido. Hay algo que no sé y que merece respeto.

Adaptado a occidente, el sampai puede ser cualquier gesto de reconocimiento genuino. Una inclinación de cabeza que no sea automática. Un momento de silencio antes de comer. Pararse un segundo ante algo hermoso — un árbol, una puesta de sol, la cara de alguien que quieres — y recibirlo sin inmediatamente sacar el móvil para fotografiarlo.
El sampai es decirle a la realidad: estoy aquí. Te veo. Sin interponer nada entre los dos.

-Samu: fregar los platos como si fuera lo más importante del mundo-

Samu es el trabajo manual en el monasterio. Barrer el patio, fregar los cuencos, cavar el huerto, limpiar los retretes. En el zen, el samu no es menos práctica que el zazen. Es la misma práctica con las manos ocupadas.
Hay una historia — probablemente apócrifa, que en el zen no importa — de un estudiante que pregunta al maestro cuál es la práctica más elevada del zen. El maestro le pregunta si ha comido. El estudiante dice que sí. El maestro le dice: entonces ve a fregar los platos.

El samu occidental es exactamente eso. Fregar los platos. Barrer. Hacer la cama. Doblar la ropa. Cualquier tarea manual rutinaria que normalmente se hace en piloto automático mientras la mente está en otro sitio puede convertirse en samu si se le da atención completa.
No es romantizar el trabajo doméstico, es usar ese tiempo — que existe de todas formas, que hay que pasar de todas formas — para practicar la presencia en lugar de desperdiciarla en ansiedad o distracción.
El agua caliente en las manos. El sonido del agua. El plato que se limpia. Eso es samu. Eso es zen. Eso es lo mismo que zazen, con el cuerpo en otra postura.

-Lo que une todo esto-

Zazen, kinhin, genmai, sampai, samu. Cinco palabras. Una sola cosa.

Atención completa al momento presente, sea cual sea la forma que tome ese momento. Sentado, caminando, comiendo, inclinándose, fregando. El zen no divide la vida en momentos de práctica y momentos de no-práctica. Esa división es parte del problema, no parte de la solución.

Lo que propone — y lo que resulta tan sencillo de entender y tan difícil de vivir — es que cada momento es la práctica. Que no hay un después en que todo esto tenga sentido. Que el zafu y los retretes del monasterio son la misma cosa vista desde ángulos distintos.
Y que el occidental que friega sus platos después de cenar, sin móvil, con el agua caliente en las manos y la atención en lo que está haciendo, está practicando zen aunque nunca haya pisado un dojo.

Aunque no sepa que se llama samu.

Aunque no le importe cómo se llama.

El escriba deja el bolígrafo. Tiene los platos sin fregar. Se levanta.