Mudras: qué son, de dónde vienen y si la ciencia tiene algo que decir al respecto.

Mudras: qué son, de dónde vienen y si la ciencia tiene algo que decir al respecto.

O: por qué poner los dedos en una posición concreta no es superstición, aunque tampoco es lo que te venden en Instagram.

Voy a confesaros algo. Durante los primeros años de práctica, los mudras me daban un poco de vergüenza ajena. No a los de los demás — a los míos. Juntaba los dedos en el zafu con una sensación vaga de estar haciendo algo que no entendía del todo y que se parecía demasiado a la imagen que uno tiene del yogui de póster con la mirada perdida y el fondo de montaña nevada.

Luego aprendí algo sobre neurología. Y la vergüenza desapareció. Aunque también la inocencia.

Vamos por partes -dijo Willem van Eijk.

-Qué es un mudra y de dónde viene-

Mudra es una palabra sánscrita que se traduce habitualmente como "sello" o "gesto". No hay una traducción perfecta porque el concepto es más rico que cualquiera de sus traducciones. Un mudra es una posición deliberada del cuerpo — habitualmente las manos y los dedos, aunque también los ojos, la lengua o la postura completa — que en las tradiciones contemplativas del hinduismo y el budismo se considera que produce efectos específicos sobre la mente, el cuerpo y lo que esas tradiciones llaman la energía vital o prana.

Las primeras evidencias arqueológicas de mudras aparecen en figurillas halladas en los yacimientos de Mohenjo-daro y Harappa, la civilización del Valle del Indo. Estamos hablando de aproximadamente el año 2500 antes de Cristo. Cinco mil años de historia. El primer texto clásico que los sistematiza con rigor es el Hatha Yoga Pradīpikā, del siglo XV, que enumera diez mudras esenciales. Después vendría la Gheraṇḍa Saṁhitā, en el siglo XVII, con veinticinco.

No es tradición oral difusa ni esoterismo de mercadillo. Es conocimiento codificado, revisado y transmitido durante siglos por tradiciones que se tomaban estas cosas con una seriedad que hoy cuesta imaginar.

En el budismo, los mudras tienen una presencia visual omnipresente. Cualquier imagen del Buda tiene las manos en una posición específica que no es casual. El dhyāna mudra — las manos sobre el regazo, una sobre otra, pulgares tocándose — es el mudra de la meditación. El abhaya mudra — la mano derecha levantada con la palma hacia afuera — significa protección y ausencia de miedo. El bhumisparsha mudra — la mano derecha tocando la tierra — es el gesto con que el Buda llamó a la tierra como testigo de su iluminación en el momento de tocar el bodhi.

Cada posición cuenta algo. Cada posición hace algo.

Pero ¿qué hace, exactamente? ¿Y por qué?

El homúnculo que nadie esperaba

Aquí es donde entra la neurociencia. Y entra por la puerta grande.

En 1950, el neurocirujano Wilder Penfield publicó junto a T. Rasmussen un trabajo que cambió la comprensión del cerebro humano. Penfield había pasado años estimulando eléctricamente diferentes zonas de la corteza somatosensorial — la franja del cerebro que procesa las sensaciones táctiles — en pacientes despiertos durante cirugías cerebrales, y cartografiando qué partes del cuerpo correspondían a qué zonas del córtex.

El resultado fue el homúnculo sensoriomotor. Un mapa del cuerpo humano proyectado sobre la superficie del cerebro. Y lo que ese mapa revela es profundamente contraintuitivo: la representación cortical de las distintas partes del cuerpo no es proporcional a su tamaño físico sino a su densidad de terminaciones nerviosas y a la precisión de los movimientos que realizan.

Y las manos — las manos y los dedos — ocupan una zona desproporcionadamente enorme en ese mapa. En el famoso homúnculo sensoriomotor, la mano ocupa un territorio enorme y el pulgar tiene una representación propia y muy detallada. Si dibujáramos un ser humano cuyas partes fueran proporcionales a su representación cerebral, tendría unas manos monstruosas, una cara enorme con labios gigantes, y un torso diminuto.

Lo que esto significa es que los dedos concentran miles de terminaciones nerviosas y, según los mapas del sistema nervioso central, ocupan una zona desproporcionadamente amplia en el córtex motor y somatosensorial. Gestos pequeños generan señales neurales grandes.

Dicho de otra manera: cuando cambias la posición de tus dedos, estás generando una actividad neurológica significativa. No simbólica. Literal. Eléctrica.

Lo que ocurre cuando unes los dedos

Cuando unes los dedos, respiras más lento y sostienes la atención en una sensación táctil amable, estás enviando tres mensajes al sistema nervioso: "estoy a salvo" — oxitocina y tacto —, "estoy presente" — atención somática — y "se dan las condiciones para bajar revoluciones" — nervio vago y parasimpático.

Ahí está de nuevo el nervio vago. El mismo que aparecía en el texto sobre la respiración. El mismo que Porges describe como el termostato del sistema nervioso. Y no es casualidad que aparezca aquí también.

Ciertos mudras pueden estimular el nervio vago, responsable de activar nuestra respuesta de relajación natural. La posición de los dedos — la presión, el contacto, la tensión específica que crea cada mudra — envía información al sistema nervioso a través de esa densa red de terminaciones que tiene la mano. Y esa información puede activar la rama parasimpática. Puede bajar el cortisol. Puede ralentizar la respiración.

Estudios con electroencefalograma y variabilidad de la frecuencia cardíaca documentan cambios medibles en ondas cerebrales, función pulmonar y niveles de cortisol durante la práctica de mudras.

Esto ya no es esoterismo. Esto es fisiología medible con instrumentos.

Y entonces, ¿dónde queda lo cósmico?

Aquí es donde tengo que ser honesto. Y la honestidad en este caso implica sostener dos cosas aparentemente contradictorias al mismo tiempo, que para algo llevamos textos hablando de paradojas en este papiro.

Primera cosa: la explicación neurofisiológica es real y suficiente para justificar la práctica de los mudras. No necesitas creer en chakras ni en prana ni en energías sutiles para beneficiarte de juntar el pulgar con el índice antes de meditar. El mecanismo nervioso existe. Los estudios lo respaldan. Punto.

Segunda cosa: la explicación neurofisiológica no agota lo que las tradiciones dicen sobre los mudras. Y descartar todo lo demás como superstición porque no cabe en el escáner es exactamente el error categorial que Ken Wilber lleva décadas señalando — usando los instrumentos equivocados para medir lo que no pueden medir.

La tradición dice que cada dedo está relacionado con un elemento — tierra, agua, fuego, aire, éter — y que la posición de los dedos modula esas energías elementales en el cuerpo. La ciencia dice que cada posición de los dedos activa zonas específicas del córtex y modula el sistema nervioso autónomo.

¿Son lo mismo dicho con palabras distintas? ¿O son dos descripciones de niveles distintos de la misma realidad? ¿O son simplemente incompatibles?

No lo sé. Y me parece honesto decirlo.

Lo que sí sé es esto: cuando me siento en el zafu y coloco las manos en el dhyāna mudra — izquierda sobre derecha, pulgares tocándose formando un óvalo — algo cambia. No sé si es el nervio vago. No sé si son los elementos. No sé si es la costumbre, el condicionamiento, el efecto placebo de cinco mil años de práctica transmitida.

Sé que cambia. Y que el cambio va en la dirección correcta.

A veces eso es suficiente para empezar.

Y a veces — pocas, pero a veces — uno sostiene ese gesto en silencio y siente que las manos no son solo manos. Que están conectadas a algo que no termina en las muñecas.

Puede que sea neurología.

Puede que sea otra cosa.

Puede que la distinción no importe tanto como parece.

El escriba coloca las manos. Los pulgares se tocan. El óvalo se cierra.