Física cuántica, teoría de cuerdas y budismo: ¿qué es real o estamos soñando en el kalpa de Vishnu?

Física cuántica, teoría de cuerdas y budismo: ¿qué es real o estamos soñando en el kalpa de Vishnu?

O: lo que pasa cuando la física moderna y las cosmologías orientales se miran a los ojos y ninguna de las dos parpadea primero.

Son las once y pico de la noche y estoy pensando en algo que no tiene solución fácil. Lo sé desde el principio. Lo sé y me siento de todas formas a escribirlo porque hay preguntas que no se hacen para responderlas sino para habitarlas. Para ver qué le pasan a uno cuando las deja entrar del todo.

La pregunta de esta noche es esta: ¿es real lo que llamamos realidad?

No en el sentido trivial de "¿estoy soñando ahora mismo?", que es una pregunta de dormitorio de adolescente. En el sentido genuino, técnico, con todo el peso de la física moderna y de las cosmologías más antiguas del planeta apuntando en la misma dirección con instrumentos completamente distintos.

¿Qué es lo real? -dijo Morpheo.

Vamos por partes - decidió Ion Pârvulescu, aunque esta vez las partes no se van a ordenar tan bien como me gustaría.

-Lo que dice la física y por qué incomoda-

Empecemos por el lado que en teoría debería darnos certezas. La ciencia. El método. La medición.

La mecánica cuántica lleva más de un siglo siendo la teoría física más verificada de la historia de la ciencia. Ninguna predicción que ha hecho ha resultado falsa. Ninguna. Y sin embargo — aquí viene la parte que los físicos llevan cien años intentando digerir sin conseguirlo del todo — lo que describe es tan contraintuitivo que Einstein pasó el resto de su vida resistiéndola aunque no pudiera refutarla.

Lo que dice la mecánica cuántica, en sus implicaciones más desnudas, es aproximadamente esto: antes de ser observada, una partícula no tiene una posición definida. Existe en superposición de estados posibles. La observación — la interacción con un sistema de medición — colapsa esa superposición en un estado definido. Antes de la medición, la partícula no está aquí ni allí. Está, en algún sentido técnico y perturbador, en todos los sitios posibles a la vez.

Eso no es poesía, es la descripción matemática más precisa que tenemos de cómo se comporta la materia a escala subatómica.
Y la pregunta que lleva cien años sin respuesta definitiva es: ¿qué significa "observación"? ¿Requiere una conciencia? ¿O basta con cualquier interacción física? ¿Existe la partícula antes de ser observada? ¿O es la observación lo que, en algún sentido que todavía no terminamos de entender, la crea?

John Wheeler — uno de los físicos más importantes del siglo XX, el hombre que acuñó el término "agujero negro" — pasó décadas desarrollando lo que llamó el universo participativo.
Su idea, esquemáticamente, era que el universo no existe de manera independiente de los observadores que lo observan. Que la observación no es pasiva sino constitutiva. Que de alguna manera — y Wheeler era muy cuidadoso en no exagerar las implicaciones — el universo se completa a sí mismo a través de los observadores que produce.
Eso dicho por un físico en un documento académico, no por un monje tibetano en una cueva.

-La teoría de cuerdas y el problema del suelo-

La teoría de cuerdas lleva otro camino pero llega a un territorio igualmente inquietante.
La idea central es que las partículas fundamentales no son puntos sin dimensión sino cuerdas unidimensionales vibrando a distintas frecuencias. Diferentes modos de vibración producen diferentes partículas. La materia, en el fondo, es música. Patrones de vibración en una geometría que tiene, según las distintas versiones de la teoría, diez, once o veintiséis dimensiones, de las cuales solo percibimos cuatro. Las otras están, dicen los teóricos de cuerdas, "compactificadas". Enrolladas sobre sí mismas a escala de Planck, tan pequeñas que ningún instrumento puede detectarlas. Existen pero son inaccesibles a la experiencia directa.

Vivimos en cuatro dimensiones de una realidad que tiene once.
Eso tiene consecuencias filosóficas que la física no suele explicitar pero que están ahí. Si lo que percibimos es una sección de algo enormemente más complejo — si nuestra experiencia de la realidad es, en sentido técnico, incompleta — entonces la pregunta de qué es real se vuelve mucho más resbaladiza de lo que la intuición cotidiana sugiere.
La realidad que experimentamos no es la realidad. Es una proyección de la realidad. Una sombra de algo de lo que solo vemos cuatro de las once dimensiones.

¿Os suena eso a algo?

-Maya. El sueño cósmico-

El hinduismo lleva milenios con un concepto que a la luz de todo lo anterior resulta menos metafórico y más técnico de lo que parecía.

Maya.
Traducida habitualmente como "ilusión", pero esa traducción es demasiado simple. Maya no significa que el mundo no exista. Significa que el mundo que percibimos no es lo que es. Que la realidad que experimentamos está filtrada, condicionada, construida por los instrumentos de percepción que tenemos — sentidos, mente, conceptos, lenguaje — y que esos instrumentos tienen límites estructurales que nunca podremos ver desde dentro.

Como Wheeler y sus cuatro dimensiones de once.

Y luego está el kalpa. El ciclo cósmico en la cosmología hindú. Un kalpa es un día de Brahma — el tiempo que tarda el universo en crearse, existir y disolverse. Y ese ciclo, en las medidas del tiempo hindú, dura 4.320 millones de años. Que resulta ser, con una aproximación que eriza el vello, compatible con las estimaciones modernas de la edad del universo observable.
Vishnu duerme sobre la serpiente Ananta en el océano cósmico primordial. Y mientras duerme, sueña. Y el sueño de Vishnu es el universo. Toda la creación, todo el tiempo, toda la materia, toda la consciencia — el sueño de un dios dormido sobre una serpiente infinita en un océano que no tiene fondo. Y está ocuuriendo ahora.

Cuando Vishnu despierte, el universo se disolverá. Y cuando vuelva a dormirse, empezará de nuevo.

¿Es eso más absurdo que las once dimensiones compactificadas?

Yo no estoy tan seguro.

-El budismo y la pregunta más radical-

Pero el budismo va todavía más lejos. Y aquí es donde la cosa se pone verdaderamente incómoda para cualquier cosmología, oriental u occidental.

Vishnu sueña el universo. Bien. Pero el budismo pregunta: ¿y quién es Vishnu?

No como provocación teológica. Como pregunta genuina sobre la naturaleza de la consciencia. Porque si el universo es el sueño de una consciencia cósmica, esa consciencia tiene que ser algo. Tiene que tener una naturaleza. Y si tiene una naturaleza, esa naturaleza puede investigarse. Y cuando se investiga — cuando la meditación lleva la atención hacia el que observa en lugar de hacia lo observado — lo que se encuentra no es una consciencia sustancial, permanente, divina.

Lo que se encuentra es otro proceso. Otra corriente sin fondo ni orillas.

El Madhyamaka de Nagarjuna lo dice con la radicalidad que le caracteriza: no solo los fenómenos carecen de existencia inherente. La consciencia que los observa también carece de existencia inherente. No hay un observador último, un testigo permanente, un Vishnu que de verdad esté ahí soñando. Hay una corriente de interdependencia sin punto de apoyo final.

Śūnyatā hasta el fondo. Vacuidad de la vacuidad.

Eso es lo que hace al budismo diferente de prácticamente cualquier otra tradición. No propone un sustrato último — ni Dios, ni el Tao, ni Brahman, ni la consciencia cósmica — sobre el que descansar. Propone que la búsqueda de ese sustrato es en sí misma parte del problema. Que la pregunta "¿qué es lo real?" presupone que hay algo real de lo que hablar, y que esa presuposición es precisamente lo que hay que examinar.

-El universo que se observa a sí mismo-

Y aquí, de manera completamente inesperada, el budismo y Wheeler se encuentran.

Wheeler decía que el universo es un sistema que se completa a través de los observadores que genera. Sin observadores, el universo no colapsa en estados definidos. La mecánica cuántica lo requiere. El universo necesita ser observado para ser, en el sentido técnico de la palabra, real.

El budismo dice que la consciencia y el objeto de consciencia son co-dependientes. No hay un mundo ahí fuera independiente de la mente que lo percibe. No hay una mente aquí dentro independiente del mundo que la produce. Son dos caras del mismo proceso.
El Huayen budista — la escuela de la red de Indra — lo describe con una imagen extraordinaria: una red infinita de joyas, cada una de las cuales refleja todas las demás, y en cada reflejo se reflejan todos los demás reflejos, hasta el infinito, sin que haya ninguna joya que sea el original.

Eso es el universo. Una red de interdependencia en la que todo refleja todo y nada tiene existencia independiente del sistema completo.
Comparad eso con el entrelazamiento cuántico. Dos partículas que han interactuado permanecen correlacionadas independientemente de la distancia que las separe. Mides el estado de una y al instante sabes el estado de la otra, aunque esté al otro lado del universo. No hay señal que viaje entre ellas. La correlación es no-local. El sistema es, en algún sentido que la física todavía no sabe cómo describir completamente, indivisible.
La red de Indra descrita en el siglo VII. El entrelazamiento cuántico descrito en el siglo XX.
No digo que sean lo mismo. Sería deshonesto e impreciso. Digo que señalan en la misma dirección con instrumentos completamente distintos. Y eso, como mínimo, merece que nos detengamos un momento.

Entonces , qué es real? -vuelve Morpheo.

No lo sé. Y esa respuesta, que podría parecer una evasión, es en realidad la única honesta disponible.

Lo que sí puedo decir es esto:

La física moderna ha llegado a un punto en que las preguntas que hace ya no son muy diferentes de las preguntas que las tradiciones contemplativas llevan milenios haciendo. ¿Existe el observador independientemente de lo observado? ¿Tiene el universo una existencia independiente de la consciencia que lo percibe? ¿Qué hay debajo de la realidad que experimentamos?
La física responde con ecuaciones que nadie termina de interpretar filosóficamente. El hinduismo responde con un dios dormido sobre una serpiente infinita. El budismo responde disolviendo la pregunta y al que pregunta al mismo tiempo.
Ninguna de las tres respuestas es satisfactoria para la mente que quiere certeza. Y quizás eso es lo más honesto que puede decirse: que la certeza sobre la naturaleza de la realidad no está disponible. Ni en el laboratorio ni en el dojo ni en ningún templo.

Lo que sí está disponible es esto: el momento presente. La respiración. El sonido de la lluvia o del tráfico o del silencio, según donde estés leyendo esto. La experiencia directa, antes de que la mente la procese, la etiquete, la convierta en concepto y la archive en la categoría correspondiente.

Eso es real. O si no es real, es lo más real que tenemos.

Y tal vez sea suficiente.

Aunque a veces, cuando la pregunta aprieta de verdad, uno se pregunta si Vishnu sueña en color o en blanco y negro. Y si en algún rincón del sueño hay un escriba sentado frente a una pantalla haciéndose exactamente esta pregunta.

Y si Vishnu, mientras sueña, sonríe.

El escriba apaga la pantalla. El universo, si existe, continúa sin esperar su permiso.