Lo concreto y lo abstracto: el mapa no es el territorio, y el territorio tampoco es el nombre.

Lo concreto y lo abstracto: el mapa no es el territorio, y el territorio tampoco es el nombre.

Hay una trampa en la que caemos sin darnos cuenta, y es la más antigua de todas las trampas del pensamiento humano: confundir la etiqueta con la cosa, el mapa con el territorio, la palabra con aquello a lo que señala.

-Con la palabra agua no puedes mojarte-

Llevamos siglos construyendo sistemas filosóficos enteros sobre esta confusión. Y sin embargo, cada mañana, cuando el sol aparece en el horizonte, la realidad sigue sin pedir permiso a nuestras categorías.

Déjame intentar deshacer el nudo, vamos por partes -dijo Fritz Haarmann.

-Lo concreto: aquello que no puede expresarse del todo-

Cuando hablo de lo concreto, no me refiero, como podría parecer a primera vista, a lo que se puede tocar o medir. Me refiero a algo más radical: la realidad tal como acontece, antes de que el pensamiento la divida, la nombre y la clasifique.

Lo concreto es este instante, este mismo que ya está pasando.

No "el instante" como concepto filosófico, sino este, el que estás viviendo mientras lees estas palabras. El peso de tus manos sobre el teclado o el libro. La textura particular de la luz en el lugar donde estás. El sonido de fondo que ni siquiera habías advertido hasta que lo mencioné. Pero cuando lo he mencionado, hemos pasado de lo concreto a lo abstracto.

Eso es lo concreto. Y nótese algo crucial: en cuanto intento describirlo, ya lo he traicionado un poco.

En el budismo Zen, esta realidad inexpresable tiene un nombre casi paradójico: tathātā, "tal-como-es". A veces se traduce como "taidad" o "talidad", y en japonés se funde con el concepto de nyoze (如是). No es una cosa. No es un estado místico reservado a los iluminados. Es simplemente la naturaleza de la experiencia desnuda, sin la capa interpretativa que normalmente añadimos de forma automática.
Bodhidharma, cuando le preguntaron cuál era la enseñanza más elevada del Buda, respondió: "Vastedad sin nada sagrado." No hay ahí ninguna doctrina que aprender. Hay un señalamiento hacia lo que ya está presente, sin necesidad de ser filtrado por ninguna categoría.

Lo concreto, entonces, es irreducible. Dos personas pueden leer la misma palabra —"árbol"— y activar representaciones mentales completamente distintas. Pero el árbol particular que hay frente a tu ventana ahora mismo, con su forma única y su historia irrepetible, eso no lo puede capturar ningún concepto. La realidad concreta siempre desborda el lenguaje. Siempre. Sin excepción.
Nagarjuna, el filósofo budista del siglo II que desarrolló la escuela Madhyamaka, argumentó que ninguna cosa tiene svabhāva, es decir, naturaleza propia, esencia fija, existencia independiente. Todo lo que aparece, aparece en dependencia de innumerables condiciones. Lo concreto no es una sustancia. Es un acontecimiento, un proceso. Una danza de relaciones tan intrincada que ningún sistema conceptual puede asirla por completo.

Esta idea resuena profundamente con lo que Alfred Korzybski articuló en el siglo XX con su célebre sentencia: "El mapa no es el territorio." Los mapas son útiles. Son herramientas indispensables para navegar la realidad. Pero confundir el mapa con el territorio produce sufrimiento, tanto individual como colectivo.

-Lo abstracto: las categorías que el pensamiento fabrica-

Con la idea de agua no puedes mojarte.

Y aquí entramos en el territorio de lo abstracto.
Lo abstracto son las clases, las categorías, los conceptos. Son las operaciones que realiza la mente cuando toma la realidad continua y fluida y la corta en pedazos manejables. "Árbol." "Emoción." "Yo." "Tiempo." Ninguna de estas palabras existe en la naturaleza. Son construcciones cognitivas, herramientas adaptativas que la mente humana ha desarrollado para sobrevivir, comunicarse y organizar la experiencia.
No hay nada intrínsecamente malo en esto. La capacidad de abstracción es lo que nos permite construir hospitales, escribir sinfonías y cuidar a los seres que amamos. El pensamiento abstracto es uno de los dones más extraordinarios de la conciencia humana.
El problema surge cuando olvidamos que son construcciones. Cuando tomamos la categoría por la realidad.

En budismo, este olvido tiene un nombre: prapañca, que podría traducirse como "proliferación conceptual" o "expansión mental". Es el proceso por el cual la mente elabora, multiplica y solidifica los conceptos hasta construir una realidad secundaria, una especie de mundo paralelo hecho enteramente de abstracciones, que entonces tomamos por el mundo real.
El ejemplo más cercano es el concepto de "yo". En la tradición budista, el anātman (no-yo) no es una afirmación nihilista de que no existes. Es una señalización de que lo que llamamos "yo" es una abstracción, una clase mental, un patrón construido a partir de miles de experiencias, memorias, sensaciones y pensamientos que fluyen sin cesar. El "yo" es un mapa extraordinariamente útil, pero no hay ninguna entidad fija y separada a la que ese mapa corresponda con exactitud.

Ken Wilber, en su intento de construir una filosofía integral que dialogue con estas tradiciones, distingue entre lo que él llama estados y estructuras. Los estados son la realidad concreta, vivida, siempre presente. Las estructuras son los marcos interpretativos, los niveles de abstracción a través de los cuales procesamos esa realidad. El error, dice Wilber, no está en tener estructuras, sino en confundirlas con los estados mismos.
Carl Jung, desde otra orilla pero bebiendo de fuentes similares, señalaba algo parecido cuando distinguía entre el símbolo vivo y el signo muerto. Un signo apunta a algo conocido. Un símbolo apunta hacia algo que todavía no puede ser dicho del todo. Cuando la vida se vuelve demasiado abstracta, cuando todo se reduce a signos y categorías, algo en el alma —en el inconsciente, diría Jung— protesta. Los sueños, los síntomas, los momentos de angustia existencial son a veces la realidad concreta golpeando las paredes del sistema conceptual que la ha encerrado.

-No-dualidad: la realidad que no elige bando-

Llegamos aquí al punto más delicado, y también al más liberador:
La perspectiva no-dualista no dice que lo concreto sea mejor que lo abstracto, ni que debamos abandonar los conceptos y vivir en un estado de percepción pura sin pensamiento. Eso sería caer en otro dualismo, solo que invertido.
Lo que señala es algo más sutil: que lo concreto y lo abstracto no son dos reinos separados, sino dos movimientos de una misma realidad.
El Zen tiene una forma de expresarlo que me sigue pareciendo la más honesta que conozco. Primero se dice: "Antes de la iluminación, los árboles son árboles y las montañas son montañas." Luego: "Durante la práctica, los árboles ya no son árboles y las montañas ya no son montañas." Finalmente: "Después de la iluminación, los árboles son árboles y las montañas son montañas."

La diferencia entre el primer enunciado y el tercero no está en las palabras. Está en la relación que el que mira tiene con sus propias categorías. Al principio, las categorías son transparentes: no las vemos porque somos ellas. En la fase intermedia, se vuelven visibles y todo se disuelve. Al final, se pueden usar de nuevo, pero ahora sabiendo que son instrumentos, no verdades absolutas.
Lo concreto no puede expresarse completamente porque cualquier expresión ya es una operación abstracta. Pero lo abstracto, bien usado, puede señalar hacia lo concreto. El lenguaje puede actuar como un dedo que apunta a la luna. El error está en morderse el dedo.

Vivir con claridad en este doble movimiento es quizás la práctica más exigente que conozco. Usar los mapas con destreza. Saber que son mapas. Y de vez en cuando, dejar de mirar el mapa y levantar los ojos hacia lo que hay, en este y único precioso momento.