Alan Watts: quién fue, qué dijo y por qué medio siglo después sigue siendo imposible ignorarle.

Alan Watts: quién fue, qué dijo y por qué medio siglo después sigue siendo imposible ignorarle.

O: el inglés que bebía demasiado y entendía el zen mejor que muchos monjes.

Hay voces que no envejecen, no porque digan verdades eternas — aunque a veces lo hacen — sino porque tienen una cualidad de presencia que trasciende el momento en que fueron grabadas. La voz de Alan Watts es así. Puedes escuchar una de sus conferencias de 1965 en YouTube a las dos de la madrugada y sentir que está hablando contigo. Directamente. Sin intermediarios. Sin la distancia solemne que suelen poner los que hablan de cosas importantes.
Eso ya es un logro.

Vamos por partes -dijo Edmund Kemper.

-Quién fue este hombre-

Alan Wilson Watts nació en Chislehurst, Kent, Inglaterra, el 6 de enero de 1915. Murió en su casa flotante en Sausalito, California, el 16 de noviembre de 1973. Tenía cincuenta y ocho años. Demasiado poco, aunque él probablemente habría dicho algo ingenioso sobre la irrelevancia de la duración.
No era monje. No era maestro zen en ningún sentido de transmisión formal. No tenía el tipo de credenciales que las tradiciones contemplativas reconocen como legítimas.
Era, para decirlo con precisión, un filósofo divulgador, un intérprete cultural, un hombre con una inteligencia desconcertante y un don para explicar lo inexplicable que no he encontrado en nadie más en ningún idioma.
Creció en una familia anglicana de clase media inglesa, pero desde muy joven sintió una atracción irresistible por las filosofías orientales. A los dieciséis años ya estudiaba budismo con seriedad. A los veintiuno publicó su primer libro, El espíritu del Zen, que sigue siendo una de las introducciones más elegantes jamás escritas a esa tradición. Tenía veintiún años. Veintiún años.
Se mudó a Estados Unidos, estudió teología episcopal, se ordenó sacerdote anglicano — una fase de su vida que él mismo describía con humor — y después dejó el sacerdocio, se divorció, y se instaló en la costa oeste americana justo en el momento en que la cultura beatnik y luego hippie estaba buscando exactamente lo que él podía ofrecer: una puerta de entrada intelectualmente honesta a las filosofías asiáticas, sin el envoltorio religioso que el occidente cristiano hubiera rechazado.

Lo que siguió fue una vida extraordinaria y bastante caótica. Tres matrimonios. Varios hijos. Bebida en cantidades que sus propios amigos reconocían como excesivas. Conferencias, seminarios, grabaciones, libros. Una casa flotante en Sausalito que era al mismo tiempo un estudio, un salón de filosofía y una fiesta continua. Y más de veinticinco libros que se leen todavía hoy en todo el mundo.
Murió solo, en esa casa flotante, mientras dormía.

-Sus trabajos esenciales-

El espíritu del Zen (1936) es donde empezó todo. Escrito con veintiún años, es una introducción al zen a través de los textos clásicos que todavía merece leerse.
La sabiduría de la inseguridad (1951) es, en mi opinión, su obra más importante. Escrita en plena posguerra, parte de una pregunta sencilla y demoledora: ¿por qué los seres humanos son incapaces de vivir en el presente? ¿Por qué la mente siempre está en el pasado que ya no existe o en el futuro que todavía no existe, perdiéndose el único momento en que la vida realmente ocurre?
La respuesta que da Watts no es una técnica. Es una comprensión. Y hay páginas en ese libro que se leen como si alguien te hubiera quitado una venda que no sabías que llevabas.

El camino del Zen (1957) es probablemente su libro más completo sobre budismo zen. Historia, doctrina, práctica, todo explicado con una claridad que ningún académico de su generación igualó.
Siempre digo, hablando del libro, que abrí ese libro pero fue el libro el que me abrió a mí. realmente, Watts ha sido mi maestro: otras épocas, diferentes lugares y sin embargo puedo decir claramente que ha sido mi maestro, y que me acompañará para siempre.

Psicoterapia del este, psicoterapia del oeste (1961) anticipa en décadas el diálogo entre psicología occidental y contemplación oriental que hoy nos parece normal. En los años sesenta era territorio virgen.
El libro: sobre el tabú de saber quién eres (1966) es su obra más filosóficamente atrevida. Un ataque directo a la ilusión del yo separado, escrito con una urgencia que se siente en cada página. El argumento central: la sensación de ser un ego encapsulado en una bolsa de piel, separado del universo que lo rodea, es la fuente de casi todo el sufrimiento humano. Y es una ilusión. Una ilusión útil en ciertos contextos, pero una ilusión. Y mi recomendación personal si quieres leerle: "Nueve meditaciones" (1980) obra póstuma.

Y luego están las grabaciones. Cientos de horas de conferencias que se encuentran libremente en internet y que en mi opinión superan a los libros. Porque la voz de Watts era parte del mensaje. Tenía un sentido del humor que ningún texto puede capturar del todo, una capacidad de pasar en medio segundo de lo más abstracto a lo más concreto, y una risa — esa risa suya, ligeramente burlona y completamente genuina — que aparecía exactamente en los momentos en que uno esperaba solemnidad.

-Su filosofía en esencia-

Si tuviera que resumir a Watts en una idea — con toda la injusticia que implica resumir a alguien así — diría esto:
El sufrimiento humano nace de la ilusión de separación.
Creemos ser entidades separadas del universo. Un yo aquí dentro, el mundo ahí fuera. Una mente que habita un cuerpo que habita un entorno. Y desde esa ilusión de separación viene el miedo — a la muerte, a la pérdida, al dolor — y viene el deseo compulsivo de controlar lo que por naturaleza no puede controlarse.

Watts señalaba, con una constancia que podría parecer repetitiva si no fuera porque cada vez lo decía de una manera diferente y más iluminadora, que esa separación es una construcción. Que el organismo humano y su entorno son un sistema continuo. Que no hay un "yo" que entra al mundo como una bola de billar en una mesa — hay un proceso que es simultáneamente el organismo y su entorno, inseparables como el frente y el dorso de una hoja de papel.
Eso no es misticismo. Es, como él se encargaba de señalar, biología básica: sin aire no hay pulmones, sin suelo no hay pies, sin luz no hay ojos. El organismo y el entorno se producen mutuamente. El límite entre "yo" y "el mundo" es una convención útil, no una verdad metafísica.

Ahí conectaba el Zen, el Tao, el Vedanta hindú y la física moderna con una facilidad que dejaba sin palabras. No porque todos digan lo mismo — no lo dicen exactamente — sino porque todos apuntan, desde ángulos distintos, a esa misma grieta en la armadura del yo separado.

-Lo que queda-

Watts era contradictorio. Bebía. No practicaba meditación con ninguna regularidad que conocieran sus contemporáneos. Los maestros zen japoneses lo respetaban y a la vez lo miraban con cierta distancia — era demasiado occidentalmente elocuente, demasiado intelectual, demasiado dado al placer para encajar en ningún linaje serio.
Él lo sabía. Y no parecía importarle demasiado.

Lo que importa es lo que dejó.

Una obra que ha llevado a millones de personas — yo incluido — a hacerse preguntas que de otra manera no se habrían hecho. No preguntas sobre qué creer, sino preguntas sobre quién cree. No sobre qué hacer con la vida, sino sobre quién cree que tiene una vida que gestionar.
Eso, viniendo de un inglés bebedor que murió solo en una casa flotante a los cincuenta y ocho años, es bastante.

Más que bastante.

El escriba busca en YouTube. La voz empieza. La risa aparece donde siempre aparece