O: el arquitecto que construye la casa y luego aprende que no vive en ella.
Hay una pregunta que me lleva tiempo rondando y que creo que no se formula suficientemente en los círculos de práctica budista. Se da por supuesto demasiado rápido que el ego es el enemigo. Que la identidad personal es el problema. Que el yo es la fuente de todo sufrimiento y que la tarea espiritual consiste en desmontarlo cuanto antes.
Y yo creo que eso es, en el mejor de los casos, incompleto. Y en el peor, peligroso.
Vamos por partes - dijo Francisco, "el matamendigos".
Construir el yo no es el error. Es el primer trabajo.
Un niño que nace no tiene ego. Tiene sensaciones, impulsos, hambre, miedo, calor. Pero no tiene todavía un sentido coherente de sí mismo como entidad separada del mundo. Esa separación — ese "yo soy esto y aquello no soy yo" — se construye poco a poco, a lo largo de años, a través de la relación con los demás, del lenguaje, de la experiencia acumulada, de los límites que se aprenden y de los que se imponen.
Esa construcción es necesaria. No es un error de diseño. Es el primer trabajo de ser humano.
Sin un yo suficientemente formado no hay criterio propio, no hay capacidad de decir no, no hay brújula interna que permita navegar el mundo sin depender completamente de lo que otros digan que eres. La persona que no ha construido una identidad estable no está más cerca de la liberación budista. Está más cerca de la disgregación psicológica, que es una cosa completamente distinta y bastante más oscura.
La psicología lo sabe. Winnicott lo sabía. Kohut lo sabía. Jung lo sabía. El yo — el ego, la identidad personal — no es un accidente que haya que corregir, es una estructura que hay que edificar con cuidado antes de poder habitarla. Y solo se puede trascender lo que primero se ha construido.
Esto es lo que Ken Wilber llama la falacia pre/trans, que ya mencioné en otro texto de este papiro: confundir la ausencia de ego que precede al desarrollo con la ausencia de ego que lo trasciende. No es lo mismo un edificio que todavía no se ha construido que un edificio que se ha construido y después se ha abierto al cielo quitándole el techo.
El budismo habla de lo segundo. No de lo primero.
El problema no es construir. El problema es creérselo del todo.
Aquí está la trampa. Y es una trampa fina, porque no se ve hasta que algo la activa.
Construimos la identidad. Eso está bien. Es necesario. Pero en algún momento del proceso — y esto ocurre casi universalmente, no es un defecto personal sino una tendencia estructural de la mente humana — dejamos de ver la construcción como construcción y empezamos a verla como realidad.
El yo deja de ser un mapa útil y se convierte en el territorio.
Y entonces cualquier cosa que amenace ese mapa se convierte en una amenaza existencial. Una crítica no es una crítica — es un ataque a lo que soy. Un fracaso no es un fracaso — es la prueba de que no valgo. Una ruptura no es el fin de una relación — es el derrumbe de una parte de mí que creía permanente. Una enfermedad no es una enfermedad — es la traición del cuerpo que creía controlar.
El sufrimiento que emerge en esos momentos no es una reacción desproporcionada. Es una reacción completamente proporcional a lo que se está viviendo: la disolución de algo que se había tomado por real y permanente y que resulta que no lo era.
El budismo tiene un nombre para eso. Dukkha. Que se traduce habitualmente como sufrimiento pero que en realidad apunta a algo más específico: la insatisfacción estructural que produce aferrarse a lo impermanente como si fuera permanente. El chirrido de una rueda que no encaja bien en su eje.
No es que la vida sea mala. Es que la vida es impermanente y el yo construido hace todo lo posible por no enterarse.
La crisis existencial como maestro involuntario
Hay algo que me parece importante decir aquí, aunque vaya en contra de la tendencia a presentar las crisis como algo que hay que evitar o superar lo antes posible.
Las crisis existenciales — las rupturas, las pérdidas, las enfermedades, los fracasos que no tienen arreglo, los momentos en que la identidad construida se agrieta o se derrumba — son frecuentemente el primer contacto real que una persona tiene con la impermanencia. No como concepto, sino como experiencia directa en el cuerpo.
Y eso, aunque duela enormemente, es información.
Es la realidad diciéndote algo que el yo construido llevaba años intentando ignorar: que no eres tan sólido como creías. Que lo que tomabas por suelo firme es, en el mejor de los casos, suelo suficientemente firme para andar, pero no roca inamovible. Que la historia que te contabas sobre quién eres tiene más de narrativa que de hecho.
Eso no es una catástrofe. Aunque se sienta como una.
Es el comienzo de una pregunta más honesta.
El problema es que occidente, en general, no tiene un marco para recibir esa información. No tiene rituales de tránsito, no tiene comunidades que acompañen la disolución del yo como parte del desarrollo humano, no tiene maestros que puedan decirte "sí, esto que estás viviendo es exactamente lo que tiene que pasar, y hay un camino que atraviesa esto sin que te destruya".
El budismo sí tiene ese marco. Lleva dos mil quinientos años construyéndolo.
Entonces, qué se hace con el yo?
No se destruye. No se niega. No se menosprecia el trabajo que costó construirlo.
Se sostiene con menos seriedad.
Esa es la expresión que más me gusta para esto. No soltar el yo — que suena a que hay que tirarlo por la borda — sino sostenerlo con menos seriedad. Como cuando un actor muy bueno interpreta un personaje. Está completamente dentro del personaje mientras actúa. Llora si el personaje llora, ríe si el personaje ríe. Pero en algún lugar sabe que es un actor. Y eso no arruina la actuación. La hace más libre.
El yo funciona igual. Puedes habitarlo completamente — tener opiniones, preferencias, historia personal, relaciones, proyectos, un nombre y unos apellidos y una forma reconocible de estar en el mundo — sin confundirlo con lo que eres en el nivel más fundamental, aprender a ver que no hay una identidad, sino una entidad.
La práctica budista — el zazen, el vipassana, cualquier forma honesta de meditación sostenida — no está diseñada para borrar el yo. Está diseñada para ver el yo. Para observar cómo se construye momento a momento, cómo se defiende, cómo reacciona, cómo cuenta su historia. Y en esa observación, sin que nadie tenga que hacer nada dramático, algo afloja.
No el yo. La convicción de que el yo es todo lo que hay.
La identidad como andamio
Déjame terminar con una imagen que me parece útil.
El andamio es necesario para construir el edificio. Sin andamio no hay edificio. Pero una vez que el edificio está en pie, el andamio se retira. No porque fuera malo — sin él no habría nada — sino porque ya cumplió su función y quedarse con él puesto impide ver lo que se construyó.
La identidad personal es el andamio.
Necesaria, temporal, útil en su momento y destinada, si el desarrollo continúa, a volverse progresivamente más transparente. No a desaparecer — el arquitecto sigue sabiendo que construyó el edificio — sino a dejar de ser lo único que se ve.
-Aparece la entidad-
Lo que el budismo propone no es vivir sin andamio. Es aprender a ver el edificio.
Y el edificio — lo que queda cuando la identidad se vuelve transparente, cuando el yo se sostiene con menos seriedad, cuando la crisis existencial ha hecho su trabajo y uno ha sobrevivido para contarlo — ese edificio no tiene nombre.
Pero se reconoce. Sin nombre, lo llamamos entidad (el Tao).
Cualquiera que haya llegado ahí sabe de qué estoy hablando.
Y cualquiera que todavía esté construyendo el andamio merece todo el tiempo y todo el respeto del mundo para terminarlo.
Sin prisas.
Sin que nadie le diga que debería haberlo quitado ya.
El escriba dobla los planos. La obra sigue en marcha.