Ken Wilber y las tres vertientes del conocimiento: cuando la ciencia se encuentra con el budismo.

Ken Wilber y las tres vertientes del conocimiento: cuando la ciencia se encuentra con el budismo.

Tengo un amigo que cada vez que le menciono a Ken Wilber pone una cara muy específica. Una cara que mezcla el respeto con la sospecha, como cuando alguien te recomienda un restaurante que tiene muy buenas críticas pero está en un sitio raro. "Sí, sí", dice. "Ese que tiene la teoría del todo."

Y tiene razón. Eso es exactamente lo que Wilber intentó construir. Una teoría del todo. Un mapa que cupiera todo: la física cuántica y la meditación zen, la biología evolutiva y la mística sufí, la psicología Jungiana y el budismo tibetano, la sociología y los estados de consciencia alterados. Todo dentro del mismo marco. Todo hablando el mismo idioma.

Es una ambición que o te parece genial o te parece una soberbia monumental.

A mí me parece las dos cosas. Y eso, en mi experiencia, suele ser señal de que hay algo ahí que vale la pena mirar.

Vamos por partes - dijo Jeffrey Dahmer...

-Quién es este hombre-

Ken Wilber nació en Oklahoma en 1949. No estudió en ninguna universidad de élite, no tiene un doctorado, no pertenece a ninguna institución académica. Escribió su primer libro importante — La conciencia sin fronteras — con veintitrés años, después de abandonar los estudios de química porque le parecían insuficientes para las preguntas que le importaban.

Desde entonces ha publicado más de veinticinco libros y ha construido lo que él llama la Teoría Integral o el Marco AQAL — siglas en inglés de "All Quadrants, All Levels": todos los cuadrantes, todos los niveles. Una arquitectura conceptual que intenta ser un mapa de la totalidad de la experiencia humana y de la realidad conocida.

Hay gente muy seria que lo toma muy en serio. Y hay gente muy seria que lo encuentra insoportablemente pretencioso. Frank Visser, que lleva años estudiándolo críticamente, dice que Wilber tiene el problema de los grandes sintetizadores: que cuando intentas meter todo en el mismo cajón, el cajón acaba siendo tan grande que pierde utilidad.

Es una crítica legítima. Pero antes de descartar al hombre, conviene entender qué está diciendo. Porque hay una parte de su argumento que me parece no solo válida sino urgente. Y tiene que ver con la ciencia, con el budismo, y con la guerra estúpida entre los dos.

-El problema que Wilber intenta resolver-

Occidente lleva siglos con una fractura que no termina de cicatrizar. Por un lado, la ciencia: el método que mide, cuantifica, repite, falsifica, y que ha producido los avances más extraordinarios en la historia de la especie. Por otro lado, la espiritualidad: la experiencia directa de algo que los contemplativos de todas las tradiciones describen con términos distintos pero con una convergencia que resulta sospechosa en el buen sentido.

-Y entre los dos, una guerra fría que a veces se calienta-

El científico materialista dice: la experiencia mística es un epifenómeno neurológico. Un estado cerebral. Nada más. El neurocientífico con el escáner puede explicar lo que le pasó a Juan de la Cruz en su celda sin necesidad de invocar a Dios ni al nirvana.

El espiritual dice: la ciencia mide las paredes del cubo pero no sabe que está dentro de un cubo. Sus instrumentos solo detectan lo que sus instrumentos pueden detectar. Hay dimensiones de la realidad que el método científico convencional es estructuralmente incapaz de ver.

Y los dos tienen razón. Eso es lo desesperante.

Wilber intenta construir un puente. O más exactamente, intenta demostrar que la guerra es innecesaria porque las dos partes están mirando cosas distintas y creyendo que están en desacuerdo sobre lo mismo.

* Las tres vertientes de la ciencia *

Aquí está el núcleo de lo que quiero contar. Y es la parte de Wilber que más me ha dado que pensar en los últimos años.

Wilber propone que toda investigación genuina del conocimiento — toda ciencia en el sentido amplio del término — tiene tres componentes. Los llama las tres vertientes del conocimiento, o en inglés, the three strands of valid knowledge. Y son estas.

La primera es el mandato injuntivo. Una instrucción, una práctica, un procedimiento que hay que seguir para acceder al fenómeno que se quiere conocer. En física, el mandato injuntivo sería: aprende matemáticas, construye el instrumento adecuado, realiza el experimento en estas condiciones. En meditación zen, el mandato injuntivo sería: siéntate en esta postura, con esta actitud, durante este tiempo, de esta manera. Sin seguir el mandato, no hay acceso al fenómeno. No puedes opinar sobre lo que el telescopio revela si no has mirado por el telescopio.

La segunda es la experiencia directa. Lo que aparece cuando se sigue el mandato. El dato. En física, el resultado del experimento. En meditación, la experiencia que emerge de la práctica sostenida. Wilber insiste en que la experiencia contemplativa es un dato tan real y tan legítimo como la lectura de un voltímetro. Es información sobre la realidad. El problema es que occidente ha decidido, de manera arbitraria y bastante reciente en términos históricos, que solo cuentan como datos los que pueden medirse con instrumentos externos.

La tercera es la verificación comunitaria. El resultado no se acepta solo porque un individuo lo reporte. Se compara con lo que otros que han seguido el mismo mandato han encontrado. Se cuestiona, se refina, se pone a prueba. En ciencia esto es la revisión por pares, la replicación del experimento. En las tradiciones contemplativas es la relación maestro-discípulo, la transmisión de linaje, la comunidad de practicantes que a lo largo de siglos ha ido depurando el mapa de la experiencia interior con una precisión que merece más respeto del que habitualmente recibe.

Tres pasos. Mandato, experiencia, verificación comunitaria.

Y la tesis de Wilber es esta: el budismo — y las grandes tradiciones contemplativas en general — ha estado haciendo ciencia según este modelo durante dos mil quinientos años. No ciencia de los objetos externos. Ciencia de la experiencia interna. Ciencia del sujeto. Una investigación sistemática, acumulativa, transmisible y verificable de los estados y estructuras de la consciencia.

Cuando lo lees así, algo encaja.

-Por qué esto importa al budismo-

El budismo siempre ha tenido una relación peculiar con la verdad. El Buda no dijo "cree esto porque lo digo yo". Dijo ehipassiko: ven y mira. La enseñanza es una invitación a la investigación directa. El Kalama Sutta — uno de los textos más queridos para los budistas modernos — es básicamente el Buda diciéndoles a sus interlocutores que no acepten nada por autoridad, por tradición, por lógica o por especulación, sino solo por lo que la experiencia directa confirma como beneficioso y verdadero.

Eso es una actitud científica. No en el sentido reduccionista del término. En el sentido genuino: no te fíes de la autoridad, compruébalo tú mismo, compara con lo que otros han encontrado, refina el mapa.

La diferencia es que el laboratorio del budismo no es un edificio con equipos caros. Es la mente humana. Y el instrumento de medición no es un acelerador de partículas. Es la atención entrenada.

Wilber señala que occidente ha cometido lo que él llama la falacia del pre/trans. Hemos confundido lo pre-racional — el pensamiento mágico, la superstición, la religión infantil — con lo trans-racional — la experiencia contemplativa genuina que trasciende la razón sin negarla. Y al rechazar correctamente lo primero, hemos tirado también lo segundo por el mismo desagüe.

Un niño cree en el Ratoncito Pérez porque no ha desarrollado aún el pensamiento crítico. Un adulto maduro no cree en el Ratoncito Pérez. Hasta ahí bien. Pero Wilber dice que hay un tercer estadio: el contemplativo que ha atravesado el pensamiento crítico y ha llegado a algo que el pensamiento crítico por sí solo no puede producir. Y ese tercer estadio no es regresión al primero. Es otra cosa completamente.

Confundirlos es el error. Y es el error que tanto el cientificismo materialista como el espiritualismo ingenuo cometen, aunque desde lados opuestos.

Las críticas que hay que tomar en serio

Wilber no es infalible. Ni mucho menos. Y sería deshonesto de mi parte presentarlo sin sus problemas.

El primero es la escala. El marco AQAL es tan vasto, tan omnicomprensivo, que a veces da la sensación de que puede absorber cualquier cosa sin que nada lo refute realmente. Una teoría que explica todo no explica nada, o así reza el principio de falsabilidad popperiano. Si el mapa es tan grande que cabe toda la realidad, ¿para qué sirve el mapa?

El segundo es el tono. Wilber puede ser — y esto lo digo con afecto, si es que uno puede tener afecto por alguien a quien no conoce — extraordinariamente condescendiente. Hay momentos en sus libros en que la seguridad con que describe los niveles de desarrollo de la consciencia humana roza lo que en términos budistas llamaríamos un ego espiritual de proporciones épicas. El hombre que ha mapeado el nirvana tiene un problema de humildad que el nirvana teóricamente debería haber resuelto.

El tercero, y este me parece el más serio, es que las tres vertientes del conocimiento son más fáciles de postular que de aplicar. ¿Cómo se verifica comunitariamente una experiencia de no-dualidad? ¿Cuál es el criterio para distinguir una experiencia contemplativa genuina de una alucinación bien intencionada? ¿Quién tiene autoridad para decir que el mandato se ha seguido correctamente? La tradición budista ha lidiado con estas preguntas durante siglos — la relación maestro-discípulo, el linaje, la transmisión — pero las respuestas no son simples y Wilber a veces las presenta como si lo fueran.

Dicho todo eso.

-Lo que queda en pie-

Queda esto: la idea de que la experiencia contemplativa es un dominio legítimo de investigación. Que tiene su propio método, sus propios datos, su propia forma de verificación. Que descartarla porque no cabe en los instrumentos de la ciencia convencional es un error categorial — como intentar medir la temperatura con una regla y concluir que la temperatura no existe.

Queda también la pregunta que Wilber deja flotando y que me parece la más importante: ¿qué pasaría si occidente tomara en serio el programa contemplativo budista con la misma seriedad con que toma el programa experimental de la física?

No espiritualizar la física. No materializar el budismo. Sino reconocer que son instrumentos distintos apuntando a dimensiones distintas de la realidad. Y que una civilización que solo tiene un tipo de instrumento es una civilización con un ojo tapado.

El Buda no tenía un escáner de resonancia magnética. Tenía cuarenta y nueve días bajo un árbol y la voluntad de no levantarse hasta ver lo que había que ver.

Los resultados de ese experimento llevan dos mil quinientos años siendo verificados por millones de practicantes en tradiciones distintas, culturas distintas, siglos distintos. Con el mismo mandato injuntivo — siéntate, observa, no te escapes — y con una convergencia en los resultados que ningún mecanismo de sugestión colectiva puede explicar del todo.

Eso es ciencia. Rara. Incómoda. Difícil de meter en un papel. Pero ciencia.

Y si Ken Wilber, con toda su grandilocuencia y su ego de cosmólogo de la consciencia, ha servido para que algunas personas en occidente empiecen a tomársela en serio, entonces el mapa ha cumplido su función.

Aunque el territorio siga siendo, como siempre, inmenso.

Y silencioso.

Y completamente indiferente a que lo mapeen.

El escriba cierra el libro de Wilber. Coge el zafu. Algunas preguntas tienen mejor respuesta sentado que leyendo.