Jung tenía razón. Pero no llegó hasta el fondo.

Jung tenía razón. Pero no llegó hasta el fondo.

Hay frases que te persiguen.

No porque sean bonitas — aunque esta lo es — sino porque cada vez que vuelves a ellas encuentras algo que antes no habías visto. Como esos cuadros que cambias de sitio en casa y de repente, con otra luz, revelan un detalle que llevaba años ahí.

La frase es de Carl Gustav Jung, psiquiatra suizo, hombre de una inteligencia que incomoda y de una vida personal que incomodaría bastante más si nos pusiéramos a rascar. Dice así: "Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú le llamarás destino."

Llevo días con ella. Vamos a abrirla.

-Lo que Jung vio-

Jung pasó décadas mirando lo que los seres humanos no querían ver de sí mismos. La sombra — ese concepto suyo que ha sido tan vulgarizado como el karma budista — es simplemente el nombre que dio a todo lo que rechazamos, reprimimos, negamos de nosotros mismos y que termina gobernándonos por la puerta de atrás.

Lo que no integras, te posee.

Eso es lo que dice la frase, en el fondo. No hay un destino ahí fuera escribiendo el guion de tu vida. Hay una maquinaria interior que opera en la oscuridad — impulsos, miedos, patrones heredados, heridas sin resolver, creencias tan antiguas que ya ni las reconoces como creencias sino como "la realidad" — y que produce comportamientos, decisiones, reacciones que después atribuyes a la mala suerte, a las circunstancias, a los demás, al universo...

El hombre que repite el mismo tipo de relación destructiva una y otra vez y dice que tiene mala suerte con las personas. La mujer que siempre sabotea sus proyectos justo cuando están a punto de funcionar y dice que "las cosas nunca le salen". El que explota de ira ante estímulos que a otros les parecen menores y dice que "es que la gente es muy difícil".

No es el destino. Es el inconsciente haciendo su trabajo.

Jung tenía razón en eso. Una razón enorme, importante, que cambió la manera en que occidente piensa sobre la mente humana.

Pero no llegó hasta el fondo.

-Donde Jung se detiene y el Zen continúa-

El proyecto de Jung — y de la psicología profunda en general — es hacer consciente lo inconsciente. Iluminar la sombra. Integrar las partes rechazadas. Que el yo, el ego consciente, amplíe su territorio y asimile lo que estaba fuera de su alcance.

Es un proyecto noble. Es un proyecto útil. Muchas personas han sanado profundamente con él.

Pero tiene un supuesto que el budismo — y en particular el Zen — pondría en cuestión antes de empezar.

El supuesto es este: que hay un yo que puede hacerse cargo. Que hay un centro consciente, un sujeto estable, que puede mirar el inconsciente desde fuera, integrarlo, crecer con él. Que el problema es que ese yo no sabe suficiente sobre sí mismo, y que la solución es que sepa más.

El Zen mira eso y pregunta: ¿y quién es ese yo?

No como provocación retórica. Como pregunta genuina. ¿Qué es exactamente ese centro consciente que va a integrar la sombra? ¿Es permanente? ¿Es sustancial? ¿O es, también él, una construcción? ¿Un proceso? ¿Otro conjunto de patrones condicionados que en algún momento aprendió a llamarse "yo" y desde entonces defiende esa narrativa con una energía considerable?

Porque si el yo que va a hacer consciente el inconsciente es también, en parte, inconsciente — si también él está condicionado, construido, lleno de puntos ciegos que no puede ver precisamente porque es él quien mira — entonces el proyecto de Jung no tiene fondo.

O lo tiene. Pero está más abajo de donde Jung cavó.

-El inconsciente más profundo-

Volvamos al ālayavijñāna. La consciencia almacén que mencioné en otro texto de este papiro. Esa capa de experiencia donde se depositan las semillas de todas las acciones, todos los hábitos, todos los condicionamientos — no solo de esta vida si uno acepta esa doctrina, sino de todo el proceso que ha producido este organismo, este sistema nervioso, esta mente que ahora mismo está leyendo esto.

El inconsciente de Jung es profundo. Pero el ālaya es más profundo todavía. Y lo más inquietante es que en el ālaya no hay nadie. No hay un yo que lo posea. Es una corriente que fluye sin dueño, produciendo experiencias, produciendo reacciones, produciendo la ilusión de un yo que cree estar al mando.

Jung quería que el yo integrara el inconsciente.

El budismo dice que el yo es parte del inconsciente.

Que el sentido de ser un sujeto separado, un centro de experiencia con nombre y apellidos y una historia coherente, es también un producto del condicionamiento. También una construcción. También, en el sentido más radical de la palabra, inconsciente — porque opera automáticamente, sin elección real, produciendo la sensación de que hay alguien eligiendo.

HASTA QUE EL YO NO SE HAGA CONSCIENTE DE QUE ES UNA CONSTRUCCIÓN, EL YO DIRIGIRÁ TU VIDA Y TÚ LE LLAMARÁS LIBERTAD.

Eso es lo que añadiría el Zen a la frase de Jung.

Entonces qué?

Alguien podría decir que esto es nihilismo. Que si el yo es una construcción y el inconsciente no tiene fondo y el destino no existe pero la libertad tampoco, entonces para qué sirve todo esto y mejor irse a casa.

No es nihilismo.

Es lo contrario.

Cuando la práctica contemplativa — el zazen, el vipassana, cualquier forma honesta de mirar hacia dentro sin escaparse — empieza a mostrar la maquinaria, algo curioso ocurre. No es que el yo desaparezca y quede el vacío. Es que el yo deja de ser tan sólido, tan obligatorio, tan urgente. Y en ese aflojamiento aparece algo que no es el yo pero que tampoco es su ausencia.

Llamémoslo presencia. Llamémoslo consciencia testigo. Llamémoslo, si uno es creyente, Dios. O no lo llamemos nada y dejémoslo estar sin nombre, que es probablemente lo más honesto.

Desde ese lugar — que no es un lugar sino una cualidad de la experiencia — los patrones del inconsciente siguen apareciendo. Los condicionamientos siguen operando. La sombra de Jung sigue ahí, con sus contenidos, con sus dinámicas.

Pero hay algo que los ve.

Y ver no es lo mismo que estar atrapado en ellos.

La frase de Jung, revisada

Así que vuelvo a la frase. "Hasta que el inconsciente no se haga consciente, el subconsciente dirigirá tu vida y tú le llamarás destino."

Es verdad. Pero es verdad a medias.

La otra mitad sería: hasta que no veas que el que quiere hacer consciente el inconsciente también es parte del inconsciente, seguirás buscando un suelo que no existe. Y cuando dejes de buscar ese suelo — cuando la caída libre deje de darte miedo — descubrirás que siempre ha habido algo que no cae.

Eso no lo escribió Jung.

Lo escribió Dôgen. Lo vivió Juan de la Cruz. Lo apuntó el Buda bajo el árbol una tarde de hace dos mil quinientos años.

Y sigue estando disponible.

Ahora mismo.

Mientras lees esto.

-El escriba deja la frase de Jung encima de la mesa y se va a sentar un rato.-