La paradoja del que practica no agarrarse agarrándose a la práctica.

La paradoja del que practica no agarrarse agarrándose a la práctica.

Llevo toda la mañana con esto.

No es la primera vez que me ronda esta pregunta. Pero hoy ha vuelto con más fuerza que otras veces, quizás porque anoche estuve hablando con alguien que lleva seis meses viniendo al dojo con una regularidad que me da envidia — lunes, miércoles, viernes, sin falta — y que me preguntó, con esa honestidad un poco desarmada que tienen los que todavía no han aprendido a disimular las contradicciones, si no había algo fundamentalmente raro en todo esto:

"Vengo tres veces por semana a practicar el desapego", dijo. "¿No es eso un poco absurdo?"

Me reí. No por educación, sino porque la pregunta me pareció la mejor que me habían hecho en mucho tiempo.

Y porque no tenía una respuesta limpia.

Vamos por partes, dijo jack (el destripador) :)

-El problema planteado en serio-

El budismo, en todas sus escuelas, en todos sus linajes, en todos sus siglos de historia, gira en torno a una diagnosis y una propuesta. La diagnosis es que el sufrimiento existe y que su causa es el tanha — el deseo, el ansia, el aferramiento. La mente que se agarra a las cosas, a las personas, a las experiencias, a las ideas, al propio yo. Esa mente que no puede dejar estar nada en paz porque en cuanto algo aparece, ya está evaluando si quiere más de ello o menos.

La propuesta es soltar.

No soltar en el sentido de la indiferencia budista de postal, ese personaje sereno que no le importa nada y sonríe ante los desastres del mundo con una ecuanimidad que en realidad es disociación con ropa espiritual. Soltar en el sentido técnico: dejar de añadir la capa de aferramiento sobre la experiencia directa. Ver el dolor sin agarrarse al "esto no debería estar pasando". Ver el placer sin agarrarse al "quiero que esto dure para siempre". Ver el pensamiento sin agarrarse al "esto soy yo".

Eso es, esquemáticamente, la propuesta.

Y entonces uno va al dojo. Y se sienta. Y la siguiente vez que no va, se siente culpable. Y empieza a preguntar cuántos días de retiro son necesarios para progresar. Y compara su postura con la del que tiene al lado. Y cuando el maestro dice algo que le resuena, anota mentalmente "eso hay que recordarlo". Y cuando llega a casa busca libros sobre el tema porque quiere entenderlo mejor. Y pone recordatorios en el calendario para no olvidar practicar.

Aferramiento. Aferramiento. Aferramiento. Aferramiento.

¿Veis el problema?

-La trampa de la espiritualidad como proyecto-

Aquí hay algo que el budismo occidental en particular ha contribuido a empeorar, y que conviene mirar de frente:

En occidente tenemos una relación muy específica con el esfuerzo y el progreso. Somos hijos de la Ilustración, del protestantismo, de la ética del trabajo, de la cultura del logro. Cuando nos acercamos a cualquier cosa nueva — un idioma, un instrumento musical, una dieta, una práctica espiritual — lo primero que hace nuestra mente es construir una trayectoria. Un antes y un después. Un nivel inicial y un nivel objetivo. Una métrica de progreso, aunque sea vaga.

Llegamos al budismo con esa misma mentalidad y la primera pregunta, aunque no se formule explícitamente, es: ¿cuánto tiempo se tarda en iluminarse?

Y como nadie nos da una respuesta satisfactoria — porque no la hay, o porque las que hay suenan a evasiva — empezamos a construir nuestros propios indicadores. ¿Medito más minutos que la semana pasada? ¿Me altero menos en el trabajo? ¿He leído más libros de Dharma? ¿Soy más paciente con mis hijos, más ecuánime en el atasco, más compasivo con el vecino ruidoso?

El ego espiritual. Que es el ego ordinario disfrazado de buscador.

Y entonces la práctica del desapego se convierte en el proyecto más apegado de la vida de uno. Más que la carrera profesional. Más que la relación de pareja. Porque al menos en esas cosas uno puede admitir que quiere algo para sí mismo. En la práctica espiritual, el aferramiento viene con la coartada perfecta: "es que quiero librarme del aferramiento."

Chögyam Trungpa lo llamó materialismo espiritual. Y acuñó el término en los años setenta, antes de que el mindfulness corporativo lo convirtiera en un negocio de miles de millones, lo cual dice mucho de su clarividencia.

-Lo que dice la tradición y lo que no dice-

Aquí hay que ser cuidadoso, porque la tradición budista no es tonta y lleva siglos pensando exactamente en este problema.

El Buda no dijo "no practiques". El Buda construyó el Noble Óctuple Sendero, que es, entre otras cosas, un programa de práctica. Habló de esfuerzo correcto — sammā vāyāma — como uno de los ocho factores del sendero. Los maestros Theravada hablan de la necesidad de energía, de diligencia, de no abandonar la práctica. Los maestros Zen hablan del gran esfuerzo, del gran espíritu de pregunta, de la gran fe. Dôgen escribió páginas y páginas sobre la importancia de sentarse aunque no pase nada, de seguir sentando aunque parezca inútil, de no abandonar el zazen.

Entonces, ¿en qué quedamos? ¿Hay que esforzarse o no hay que esforzarse?

La respuesta, como casi siempre en el budismo, es sí.

Hay que esforzarse. Y el esfuerzo no debe ir acompañado de apego al resultado del esfuerzo.

Lo cual es fácil de decir y requiere toda una vida para entender qué significa en la práctica.

-La distinción que lo cambia todo-

Hay una diferencia — sutil pero que lo cambia todo — entre agarrarse a la práctica y comprometerse con la práctica.

El que se agarra a la práctica, practica para conseguir algo. Para llegar a algún sitio. Para ser diferente de lo que es. Cuando el zazen "va bien" — cuando la mente está tranquila, cuando hay algo que podría llamarse claridad o presencia — se aferra a eso y quiere repetirlo. Cuando el zazen "va mal" — cuando la mente es un mercado de abastos con megafonía — lo juzga como un fracaso y quiere que acabe. La práctica es una herramienta para producir estados. Y como herramienta, puede fallar. Y cuando falla, hay frustración. Y la frustración es sufrimiento. Y llevas años practicando para reducir el sufrimiento y el resultado es que tienes un sufrimiento nuevo específicamente relacionado con la práctica.

Bienvenido.

El que se compromete con la práctica, practica porque practica. Eso suena a tautología y lo es, y eso es exactamente lo que significa. Viene al dojo lunes, miércoles y viernes no para hacerse más iluminado sino porque eso es lo que hace los lunes, miércoles y viernes. Como come. Como duerme. Como respira. No porque comer le vaya a hacer inmortal o porque dormir le garantice sueños agradables. Sino porque es lo que hace un cuerpo vivo.

Dôgen tiene una expresión para esto: shikantaza. Que se traduce habitualmente como "simplemente sentarse". No sentarse "para". No sentarse "con el objetivo de". Simplemente sentarse. La práctica como expresión de la naturaleza búdica, no como camino hacia ella. La diferencia es total.

Y también es casi imposible de habitar de manera constante. Por eso hay que seguir practicando.

-La paradoja que no se resuelve sino que se vive-

Aquí está el corazón del asunto, y quiero ser honesto: no tengo una solución elegante para ofrecerte.

La paradoja existe. El que practica el desapego agarrándose a la práctica está haciendo algo que tiene una tensión interna real. Y esa tensión no desaparece por entenderla intelectualmente. Puedo escribir este texto y describir la diferencia entre apego y compromiso con toda la precisión que quiera, y mañana por la mañana, cuando me siente en el zafu y la rodilla empiece a molestar y la mente empiece a hacer sus cosas, voy a querer que acabe. Y ese querer que acabe es aferramiento. Y lo voy a saber mientras ocurre. Y saberlo no lo va a disolver.

Eso es practicar.

No es el catálogo de Ikea con el Buda de resina. Es esto: saber que te estás agarrando, ver que te estás agarrando, y aun así agarrarte. Y volver. Y soltarlo. Y volver a agarrarte. Y volver a verlo.

LA PRÁCTICA NO ES LA SOLUCIÓN AL PROBLEMA. LA PRÁCTICA ES EL PROBLEMA SIENDO VIVIDO CON ATENCIÓN.

Eso me lo dijo un maestro hace años y tardé mucho tiempo en entenderlo. Y ahora creo que lo entiendo un poco más. Y probablemente dentro de diez años entenderé que ahora solo lo entendía a medias.

-El músico y la escala-

Déjame intentar una analogía, que a veces ayuda y a veces no.

Un músico que practica escalas todos los días no está tratando de tocar mejor las escalas. Está construyendo en sus manos, en su oído, en su sistema nervioso, una capacidad que después se expresará en la música de una manera que no puede planificarse de antemano. Las escalas son el andamiaje. La música es lo que ocurre cuando el andamiaje ya no se ve.

Pero hay una diferencia crucial entre el músico y el practicante de budismo. El músico puede escuchar la grabación y saber si progresa. El practicante de budismo no tiene ese tipo de evidencia disponible. O si la tiene, es tan sutil y tan poco espectacular que es fácil confundirla con no tener nada.

Lo que sí tiene es esto: que después de años de práctica, la mente que se agarra sigue agarrándose, pero hay algo que lo ve. Un espacio entre el impulso y la reacción que antes no existía o era tan pequeño que no se notaba. No la ausencia del aferramiento — la conciencia del aferramiento. Y esa conciencia, cuando es genuina y no es otro truco del ego espiritual para sentirse avanzado, cambia algo.

Algo pequeño. Algo que no cabe en ningún titular.

Pero algo.

-Por qué seguimos viniendo?-

Mi compañero del dojo lleva seis meses. Lunes, miércoles, viernes. Y me preguntó si no había algo absurdo en todo eso.

Le dije que sí. Que hay algo profundamente absurdo en sentarse a practicar el no-hacer. En esforzarse por no esforzarse. En comprometerse con el desapego. En ir al dojo con tu esterilla enrollada bajo el brazo para sentarte a soltar lo que tienes bajo el brazo.

Y que eso, precisamente, era una buena descripción de la práctica.

El absurdo no es un error del método. Es el método. El koan más básico del Zen no es "¿cuál era tu cara antes de que nacieran tus padres?" El koan más básico es este: ¿cómo practica el desapego alguien que todavía está apegado?

Y la respuesta — si es que hay respuesta, que no siempre la hay — no es una idea. Es lo que pasa cuando te sientas de todas formas.

Lunes. Miércoles. Viernes.

Sin importar lo que ocurra.

Sin importar si va bien o va mal.

Sin importar si progresas o retrocedes, si eso tiene siquiera algún sentido.

Te sientas porque te sientas. Y en algún lugar de ese gesto tan tonto y tan repetido y tan poco glamuroso — en algún lugar de ahí — está lo que estás buscando.

Aunque dejes de buscarlo.

Especialmente si dejas de buscarlo.

-Una última honestidad-

Yo también me agarro a la práctica. Me agarro más de lo que me gustaría admitir. Hay días en que no puedo sentarme y me pongo de mal humor de una manera que no tiene nada de desapegada. Hay días en que el zazen va bien y quiero que el tiempo no acabe. Hay días en que leo algo sobre la práctica y pienso "sí, eso es exactamente lo que experimento" y en ese mismo pensamiento ya hay ego y ya hay aferramiento y ya sé que lo hay y aun así...

Aun así.

La diferencia entre el año uno y el año diez no es que ya no me agarre. Es que ahora hay algo que ve el agarramiento un poco antes, con un poco más de humor y un poco menos de drama.

Y eso ya es mucho.

Más de lo que esperaba cuando empecé.

Menos de lo que querría tener.

Exactamente lo suficiente para seguir.

El escriba se levanta. Son las nueve y media. Mañana es Martes.