El Buda de IKEA y otras historias de Occidente.

El Buda de IKEA y otras historias de Occidente.

Estoy pensando en esto mientras miro por la ventana y escucho el ruido sordo de la calle. Hay algo que me lleva tiempo rondando por la cabeza, algo que no termino de resolver, y que tiene que ver con una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué le ha pasado al budismo cuando ha cruzado el charco hacia aquí, hacia nosotros, hacia este occidente tan ávido de respuestas y tan poco dispuesto a sentarse a esperar?

Porque lo que ha ocurrido es fascinante y, a la vez, un poco triste. Como cuando un río poderoso y antiguo desemboca en el mar y de repente sus aguas se mezclan, se diluyen, pierden color. El río sigue ahí, claro. Pero ya no es lo mismo.

Vamos por partes.

El viaje

El budismo lleva más de dos mil quinientos años caminando. Nació en la India, en la mente de un hombre que se sentó bajo un árbol y decidió no levantarse hasta entender por qué sufría. Eso, en esencia, es todo. Lo demás — los templos, las escuelas, los textos, los maestros, los rituales — es la acumulación de generaciones tratando de transmitir algo que, por definición, no se puede transmitir con palabras.

Primero fue al sudeste asiático. Luego al Tíbet. Luego a China, donde chocó con el taoísmo y de ese choque nació el Chan, que los japoneses pronunciarían Zen. Y así, de mutación en mutación, de cultura en cultura, el budismo demostró una plasticidad extraordinaria: la capacidad de adaptarse sin perder — en teoría — su núcleo.

La pregunta es si eso mismo ha ocurrido cuando llegó a Europa y a América. Si la adaptación ha sido honesta. Si el núcleo ha sobrevivido.

Yo tengo mis dudas.

Las escuelas que llegaron

No llegó uno. Llegaron varios, y es importante distinguirlos porque no son lo mismo, aunque en la cabeza del occidental promedio todo se confunda en una especie de sopa anaranjada con incienso.

El Theravada es el más antiguo, el más austero. Se considera a sí mismo el guardián más fiel de las palabras del Buda histórico. Llegó a Occidente de la mano de académicos y orientalistas en el siglo XIX, y más tarde a través de monjes birmanos, tailandeses y cingaleses. Su práctica central es el vipassana, la meditación de insight, la observación directa de la experiencia tal como es. Sin adornos. Sin rituales elaborados. Sin intermediarios. Siéntate, observa, y si te aburres, observa el aburrimiento. Es radical en su sencillez, y precisamente por eso no ha tenido el mismo impacto popular que otras escuelas. No tiene glamour. No vende bien.

El budismo tibetano, en cambio, lo tiene todo para seducir al occidental: los colores, los mandalas, los mantras, la figura casi mística del Dalai Lama, ese hombre que sonríe con una paciencia que ya me gustaría a mí. Llegó principalmente a raíz de la invasión china del Tíbet en los años cincuenta, cuando los maestros huyeron y se dispersaron por el mundo. Richard Gere se hizo budista tibetano. Y de repente había thangkas en apartamentos de Brooklyn y en pisos de Malasaña. Lo cual no es necesariamente malo. Pero hay que tener cuidado con convertir una práctica de años, de décadas, de vidas enteras, en una estética.

Y luego está el Zen. Y aquí es donde la historia se pone más interesante, al menos para mí, que llevo años sentado mirando una pared intentando entender qué miro.

El Zen y su extraño destino occidental

El Zen llegó a Occidente por varias puertas. Una de las más importantes fue la de D.T. Suzuki, un japonés que a principios del siglo XX empezó a escribir sobre Zen en inglés con una claridad y una provocación que dejó a mucha gente sin palabras. Luego vino Alan Watts, ese inglés bebedor y brillante que tenía el don de explicar lo inexplicable con una elegancia que hacía daño. Y luego vinieron los beatniks — Kerouac, Ginsberg, toda esa generación que encontró en el Zen una salida, o lo que creyeron que era una salida, a la América de los años cincuenta.

Ahí empezó el malentendido.

Porque el Zen que describía Watts era poético, estimulante, subversivo. Pero el Zen que se practica — el de sentarse a las cinco de la mañana en un dojo frío, el de hacer kinhin sin dormirte, el de que el maestro te corrija la postura sin palabras y con un golpe de kyosaku — ese Zen es bastante menos romántico. Es trabajo. Es un trabajo que no tiene producto, que no tiene fecha de entrega, que no tiene like al final.

Y sin embargo, el Zen ha sobrevivido en Occidente mejor de lo que cabría esperar. Hay dojos serios en casi todas las ciudades grandes de Europa. Hay maestros formados con rigor, transmisiones legítimas, comunidades que practican con honestidad. Dokushô Villalba en España ha hecho un trabajo extraordinario durante décadas. No es lo mismo que en Japón, claro. Pero existe, y respira.

El problema ha venido por otro lado. Ha venido vestido con ropa de deporte y una aplicación en el móvil.

El mindfulness y el saqueo silencioso

Aquí tengo que ser honesto sobre algo: el mindfulness ha hecho cosas buenas. Ha llevado la atención plena a hospitales, a colegios, a personas que nunca se habrían acercado a un templo. Jon Kabat-Zinn, el hombre que básicamente diseñó el MBSR — Mindfulness Based Stress Reduction — era practicante de Zen y de vipassana, y lo que hizo fue tomar técnicas meditativas y despojarlas de su contexto religioso para que la medicina occidental pudiera usarlas. Eso, en sí mismo, no es deshonesto. Es pragmático.

Pero lo que vino después sí me parece problemático.

Lo que vino después fue la industria.

MINDFULNESS. En mayúsculas, como lo que es: una marca. Una marca que se ha pegado en libros de autoayuda, en retiros de empresa, en aplicaciones que te dan un badge cuando llevas diez días meditando, en cursos de ciento noventa y nueve euros que prometen "reducir el estrés y aumentar la productividad". Esa última parte es la clave. "Aumentar la productividad." Llevamos dos mil quinientos años con una práctica cuyo objetivo es exactamente lo contrario: darte cuenta de que tú no eres tu productividad. Y alguien ha conseguido venderla como herramienta para ser mejor trabajador.

Hay algo ahí que el Buda Shakyamuni no habría reconocido. Y me atrevería a decir que tampoco lo habría aprobado.

Porque el budismo, en cualquiera de sus formas, en cualquiera de sus escuelas, parte de una premisa incómoda: el sufrimiento existe, el sufrimiento tiene una causa, y esa causa está relacionada con el apego, con el deseo, con esta ilusión de un yo permanente que quiere cosas y le aterra perderlas. El mindfulness corporativo no cuestiona el apego. Lo gestiona. Te hace más eficiente dentro del sistema que genera el sufrimiento. Es como darle paracetamol a alguien que tiene un hueso roto y decirle que está curado porque ya no le duele tanto.

Lo que ha ganado el Zen, y lo que ha perdido

Y sin embargo — aquí viene la paradoja, porque siempre hay paradoja — el Zen ha salido reforzado de todo esto. No del mindfulness directamente, sino del movimiento que ha generado. Porque cuando alguien empieza con una app de meditación y descubre que hay algo ahí, algo que no sabe nombrar pero que le parece real, a veces da el siguiente paso. Y el siguiente paso a veces lleva a un libro de Alan Watts. Y el libro de Alan Watts lleva a Dôgen. Y Dôgen lleva a buscar un dojo. Y en el dojo, si hay suerte, hay un maestro.

Eso ha pasado. Está pasando.

El Zen, en ese sentido, se ha beneficiado del interés general que el mindfulness ha despertado por la meditación, por las filosofías orientales, por la pregunta de "quién soy yo cuando no estoy haciendo nada". Ese es el gancho. Y aunque el anzuelo lleva cebo de plástico, a veces la trucha pica de verdad y termina en el agua profunda.

Lo que ha perdido, o lo que está en riesgo de perder, es la parte incómoda. El Zen es incómodo por naturaleza. El koan es incómodo. La impermanencia es incómoda. El no-yo es incómodo. La idea de que no hay ningún lugar adonde llegar, de que la iluminación no es un destino sino el reconocimiento de lo que siempre has sido, eso es radicalmente incómodo para una mente occidental formateada en la cultura del logro y el progreso. Y cuando esa parte se suaviza, cuando se diluye para no asustar, cuando se presenta el Zen como una filosofía de vida tranquila y minimalista con tatami y tazas de cerámica defectuosa que cuestan doscientos euros en una tienda de diseño de Barcelona, algo esencial se pierde.

El Buda de IKEA. Ese es el peligro.

El público occidental y lo que busca realmente

He conocido a mucha gente que se acerca al budismo. Y sin ánimo de generalizar, que siempre es trampa, hay un patrón que se repite con frecuencia. Alguien llega después de un dolor. Una ruptura, una enfermedad, una muerte, una crisis de ansiedad que no remite. Alguien llega buscando una salida del sufrimiento. Y eso, qué curioso, es exactamente lo que motivó al Buda. Hay algo de honesto en eso.

El problema es qué esperan encontrar. Muchos esperan encontrar paz. Una paz entendida como ausencia de conflicto, como calma permanente, como un estado en el que las cosas ya no duelen. Y el budismo no promete eso. El budismo dice algo bastante más radical: las cosas duelen, van a seguir doliendo, y el camino no es anestesiarse sino cambiar la relación que tienes con el dolor. Eso es muy diferente. Y cuando la gente lo descubre, hay quien se va — "esto no era lo que buscaba" — y hay quien se queda y empieza a entender que estaba haciendo exactamente la pregunta correcta, aunque con una respuesta equivocada en mente.

Los que se quedan son los que hacen que el budismo en Occidente valga la pena.

Un río que sigue

Así que, ¿qué ha pasado cuando el budismo cruzó el charco?

Ha pasado de todo. Ha habido saqueo y ha habido transmisión genuina. Ha habido gurús fraudulentos y maestros honestos. Ha habido retiros que son vacaciones de lujo con meditación de veinte minutos y ha habido monasterios donde la gente se deja la piel en serio. Ha habido libros brillantes y libros de autoayuda que usan la palabra "zen" en el título sin que haya una sola idea zen dentro.

Y en medio de todo ese ruido, el Zen sigue ahí. Quieto. Sin moverse de donde siempre ha estado. Que es aquí. Que es ahora. Que es esto que está sucediendo mientras lees y mientras yo escribo sin saber muy bien adónde voy.

El río se mezcla con el mar y pierde el color. Pero el agua es la misma agua. Y el mar, aunque salado y vasto, también es agua.

Quizás no se trate de preservar el río tal como era. Quizás se trate de recordar que el agua siempre busca su nivel. Y que, antes o después, algo en cada persona que se sienta en silencio — aunque sea con una aplicación en el móvil — toca fondo. Y desde el fondo, lo único que puedes hacer es mirar hacia arriba y preguntarte quién está mirando.

Eso es suficiente para empezar.